Concrete Expression As Decadence

Mario Praz, The Romantic Agony

The essence of Romanticism consequently comes to consist in that which cannot be described. The word and the form, says Schlegel in Lucinde, are only accessories. The essential is the thought and the poetic image, and these are rendered possible only in a passive state. The Romantic exalts the artist who does not give a material form to his dreams — the poet ecstatic in front of a forever blank page, the musician who listens to the prodigious concerts of his soul without attempting to translate them into notes. It is romantic to consider concrete expression as a decadence, a contamination. How many times has the magic of the ineffable been celebrated, from Keats, with his
Heard melodies are sweet, but those unheard
Are sweeter. . . .
to Maeterlinck, with his theory that silence is more musical than any sound!

La influencia de la ansiedad

This article, translated by Iris Bernal, appeared in Función Lenguaje 2 (summer 2012)

La influencia de la ansiedad

“Llegamos demasiado tarde para decir algo que no se haya dicho ya” se lamentaba La Bruyère a finales del siglo XVII. El hecho de que el propio La Bruyère
llegara tarde al afirmar esto (el Eclesiasta y Terencio ya se habían adelantado a él en los siglos III y II AC) venía a demostrar su aserto. Según la precuela de Macedonio Fernández, anterior al Génesis, siempre hemos llegado demasiado tarde. Este autor imagina lo que bien podría haber sucedido cuando Dios estaba a punto de crear el universo. De pronto, una voz clama en el desierto, interrumpiendo el eterno silencio del espacio infinito, la misma que aterra a Pascal: “Todo ha sido escrito, todo ha sido dicho, todo ha sido hecho”, se lamenta. El Todopoderoso, que ya ha escuchado esto con anterioridad, sigue adelante sin darle importancia, dando sentido a la famosa ocurrencia de André Gide: “Todo está ya dicho, pero como nadie escucha, hay que volverlo a decir” (Le Traité du Narcisse, 1891). En el principio fue el verbo, y el verbo es anterior al principio mismo.

En su obra más influyente, The Anxiety of Influence (1973), Harold Bloom argumentaba que los grandes poetas románticos malinterpretaron a sus ilustres predecesores “con el fin de liberar un espacio imaginativo para sí mismos”. La figura del padre literario se asesinaba, metafóricamente hablando, a través de un proceso de “transgresión poética”. T.S. Eliot ya había expresado una idea similar a propósito de la de Philip Massinger: “Los poetas inmaduros imitan; los poetas maduros roban; los malos poetas desfiguran lo que toman, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente” (1920). Borges, discípulo de Macedonio, al cual Bloom hace referencia, compartía la misma longitud de onda (aunque en el extremo opuesto del dial) cuando exclamaba que “cada escritor crea sus propios precursores” (1951).

Según Bloom, este sentimiento de inferioridad es, más que un fenómeno característico del Renacimiento, el motor principal de la historia de la literatura: “Llegar tarde no me parece en absoluto una condición histórica, sino una situación que pertenece al hecho literario como tal”. A lo largo de los siglos, la creación literaria ha sido siempre un diálogo de dos direcciones entre el pasado y el presente (el primero subsiste en el segundo; el segundo arroja luz sobre el primero). En sus Essais (1580), Montaigne ya se quejaba de la multiplicación de exégesis parasitarias: “Es más laborioso interpretar las interpretaciones que interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro tema: no hacemos más que parafrasearnos unos a otros”. George Steiner, otro crítico sincero de “el Leviatán de papel del discurso secundario”, sostiene que la forma más elevada de paráfrasis se halla en la propia literatura: “Cuando el poeta critica al poeta desde el interior del poema, la hermenéutica lee el texto viviente que Hermes, el mensajero, ha traído del reino de los muertos inmortales” (Real Presences, 1989). Esto implica que la creación literaria no trata sobre la expresión del yo, sino sobre la recepción y la transmisión. “El verdadero poeta es hablado por el lenguaje, el poeta es el médium elegido, por decirlo así, en virtud de su naturaleza osmótica, permeable, gracias a lo que Keats denomina su ‘capacidad negativa’. Antes de ser nuestro, el acto de recepción es el del artista-creador” (Grammars of Creation, 2001). Lo que llama la atención es que Steiner, cuya concepción de la literatura deriva de sus creencias religiosas, debería estar totalmente de acuerdo, en este punto, con Tom McCarthy, que viene, por decirlo de alguna manera, del otro lado de las barricadas. Para el autor de C (2010) -una novela que versa sobre la ficción como recepción y transmisión-, “el escritor es un receptor y el contenido ya está ahí. La tarea del escritor es filtrarlo, ejemplificarlo y remezclarlo; no de forma aleatoria sino de forma consciente y atenta”. Dándole la vuelta a la cronología, él considera Finnegans Wake como el código fuente de la ficción anglófona: un nuevo comienzo, más que un hiato o un punto y aparte. Por supuesto, McCarthy es un gran admirador de Maurice Blanchot, quien afirma en La Part du Feu que “la literatura, al igual que el discurso cotidiano, comienza con el final”; con lo que quiere decir la muerte (como posibilidad o imposibilidad). Si la literatura comienza con el final, concluye con el principio ya que la creación literaria, bajo su punto de vista, es una búsqueda maldita de su fuente de inspiración. Así como Orfeo no puede evitar mirar atrás para ver a Eurídice en la oscuridad del Hades (y de esta forma perderla para siempre) el escritor sacrifica su obra para permanecer fiel a su origen dionisíaco y oscuro. A la pregunta “¿dónde va la literatura?”, Blanchot nos da la siguiente respuesta: “La literatura va hacia ella misma, hacia su esencia, la cual es su desaparición” (Le Livre à Venir, 1959). El “contenido” está “ahí fuera” -siempre ahí- toda la literatura es “paráfrasis”: “¿Quién estaría interesado en un discurso nuevo y no transmitido? Lo importante no es contar, sino volverlo a contar, y en esta repetición, contarlo de nuevo como si fuera la primera vez” (L’Entretien Infini, 1969). Los escritores modernos deben “comenzar de cero en cada ocasión” mientras que sus ancestros simplemente tenían que “rellenar una forma dada” (Gabriel Josipovici, What Ever Happened to Modernism?). La imposibilidad de empezar de cero (la ausencia de una “primera vez” definitiva) significa que la literatura fracasa al comenzar una y otra vez, como si se tratara de una compulsiva repetición inducida de forma traumática. En otras palabras, no cesa de acabar. La novela, dice Tom McCarthy, ha estado “viviendo su propia muerte” desde Don Quijote; la “experiencia del fracaso” es parte integral de su ADN. Si no estuviera muriendo, no estaría viva.

Escribiendo para el New York Review of Books en 1965, Frank Kermode afirmó que “el destino específico de la novela, considerada como un género, es el de estar siempre muriendo”. Y proseguía afirmando que la muerte de la novela era “el material sin el que la literatura moderna es inimaginable”. Esta cuestión de la muerte de la literatura es de hecho tan antigua como la propia literatura. Se puede rastrear hasta Juvenal y Tácito, pasando por David Shields, Samuel Richardson, y llegando a los escribas del fin-de-siècle. Para Richard B. Schwartz, el asunto empezó a torcerse en el Renacimiento tardío: “la Literatura en mayúsculas realmente murió con la aristocracia que la consumía” (After the Death of Literature, 1997). Según Steiner, el declive comenzó con la crisis lingüística que acompañó al auge de la novela. Después del siglo XVII (después de Milton), “la esfera del lenguaje” dejó de abarcar la mayor parte de la “experiencia y la realidad” (“The Retreat from the Word”, 1961). Las matemáticas se volvieron cada vez más difíciles de traducir al lenguaje; la pintura post-impresionista escapaba de toda verbalización; la lingüística y la filosofía destacaban el hecho de que las palabras se refieren a otras palabras… La proposición final del Tractatus (1921) de Wittgenstein atestigua esta intrusión de lo innombrable: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Tan solo cuatro años antes, Kafka había conjeturado que quizá hubiera sido plausible escapar al canto de las Sirenas, pero no a su silencio.

Harold Bloom tiene razón: llegar tarde no es simplemente una “condición histórica”. Después de todo, ya era uno de los temas principales del Quijote. Así como señala Gabriel Josipovici, “este sentimiento de haber llegado, de algún modo, demasiado tarde, de haber perdido para siempre algo que alguna vez fue una posesión común, es una preocupación clave, la preocupación fundamental del Romanticismo” (What Ever Happened to Modernism?, 2010). En contra del ambiente de deterioro de la confianza en los poderes del lenguaje -igual que el “desencanto del mundo” de Schiller se estaba volviendo más aparente, y la legitimidad del escritor, en un “tiempo destituido” (Hölderlin) de Dioses ausentes y Sirenas mudas, parecía cada vez más arbitraria- la literatura llegó a ser considerada como un “absoluto” (Phillipe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, L’Absolu Littéraire : Théorie de la littérature du romantisme allemand, 1968). Walter Benjamin describió de forma célebre el “lugar de nacimiento de la novela” como “el individuo en soledad”, un individuo aislado de la tradición que no puede reclamar ser el portavoz de la religión o la sociedad. Tan pronto como este “individuo en soledad” se elevaba al estatus de un alter deus, la tardanza esencial a toda la creatividad humana resultaba obvia. “Ninguna forma artística”, dice Steiner en Grammars of Creation (2001), “nace de la nada. Siempre viene después” y el “creador humano se enfurece ante [este] venir después, al ser, para siempre, segundo con respecto al misterio original y originador de la formación de la forma” (Real Presences, 1990). William Marx ha analizado con gran maestría cómo en Francia las desmedidas reivindicaciones para la literatura condujeron a esta decadencia prolongada. Esta evolución, de lo sublime a lo ridículo, tuvo lugar en tres etapas. A finales del siglo XVIII, la literatura se transformó en un sucedáneo de la religión. En una segunda etapa, marcada por la arrogancia, los escritores intentaron aislarse del resto de la sociedad (el arte por el arte) desencadenando de este modo un proceso de marginalización. En una última fase, la devaluación de la literatura (a los ojos del público en general) fue interiorizada por los propios escritores e incorporada a sus obras (L’Adieu à la Littérature. Histoire d’une dévalorisation XVIIIe-XXe siècles, 2005).

En sus Vorlesungen über die Ästhetik (compiladas en 1835), Hegel declaró, de manera brillante, que el arte se había transformado en “algo del pasado”. No quería decir con esto, como a menudo se ha creído, que el arte y la literatura estuviesen muertos, o incluso en decadencia, sino que no podían seguir transmitiendo de forma adecuada las más elevadas aspiraciones espirituales de la humanidad. En otras palabras, no podían seguir siendo el instrumento para expresar lo Absoluto. Influido por Hegel, Blanchot se pregunta: “¿Está el arte alcanzando su final? ¿Está pereciendo la poesía por haberse visto reflejada en sí misma, igual que aquel que muere después de contemplar a Dios?” (Le Livre à Venir). Si, como él propone en otro sitio, “la literatura surge en el momento en el que la literatura se convierte en una pregunta”, entonces la respuesta es no (La Part du Feu, 1949). Sin embargo, al transformarse en una pregunta, la literatura se transforma a su vez en su propia respuesta, por lo que ya no es capaz de sincronizarse consigo misma. Uno podría alegar que la literatura es entonces la distancia que la separa de sí misma. “Aquellos viejos tiempos”, anteriores al Génesis según Witold Gombrowicz, “cuando Rabelais escribía cómo un niño hacía pis contra el tronco de un árbol” habían acabado. “Retroceder al universo de los géneros literarios no es una opción”, ratifica Gabriel Josipovici, “como tampoco lo es un retorno al mundo del ancien régime” (What Ever Happened to Modernism?). Esta crisis de identidad se agravaba por una conciencia cada vez mayor de las limitaciones de la creación literaria. La literatura ya no sabía exactamente lo que era, pero sí sabía lo que no era, lo que ya no era capaz de hacer. “Ser moderno”, como declaró Roland Barthes, “es conocer lo que ya no es posible”. Es también anhelar esa imposibilidad, en la forma en la que Borges lo hacía en “el otro tigre, el que no está en el verso”. Tom McCarthy afirma que una novela es “algo que contiene su propia negación”, que clama contra sus propias limitaciones. Según este autor, la literatura es “un medio que sólo marcha cuando no funciona”: es “un fallo en el sistema, igual que un fallo en el ordenador”. “Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, como decía Beckett en Worstward Ho (1983). Para Blanchot, es precisamente esta imposibilidad esencial de la literatura (su incapacidad para convertirse en una instancia del Absoluto hegeliano) lo que la preserva como posibilidad. La obra está siempre por venir.

La potencialidad, el angustioso vértigo de la libertad, es fundamental para la modernidad literaria. Pierre Menard responde a la arbitrariedad de la ficción (puesta de relieve por la libertad creativa) reescribiendo palabra por palabra Don Quijote y, de este modo, convierte la contingencia en necesidad (“Pierre Menard, autor de El Quijote”, 1939). Otra respuesta a esta cuestión es la de Henry James, que permite al lector sentir “la narración como podría haber sido” tras “la obra construida y limitada a la que él da vida” (Le Livre à Venir). Una creciente reticencia a dar vida a cualquier obra, por muy limitada que sea, se hizo sentir desde el siglo XVIII en adelante. En Sygdommen til Døden (1849), Kierkegaard observó cómo “se hace cada vez más plausible porque nada se vuelve real”. Llevando esta lógica hasta el extremo, Rousseau afirma que “No hay nada más bello que lo que no existe”, mientras que Keats resaltaba la belleza innombrable de las melodías “no escuchadas” (“Ode on a Grecian Urn”, 1819). Una figura emblemática, como señala Dominique Rabaté (Vers une Littérature de l’épuisement, 1991) es el “demonio de la posibilidad” lui-même: Monsieur Teste de Valéry, que se niega a reducir el campo de posibilidades convirtiendo cualquiera de ellas en realidad. Es un claro precursor del Ulrich de Musil -el epónimo Der Mann ohne Eigenschaften (1930-42)- al cual Blanchot describe como alguien que “no dice que no a la vida sino que aún no, quien finalmente actúa como si el mundo no pudiera nunca empezar excepto al día siguiente”. Otra figura representativa es Lord Chandos, de Hofmannstahl, el cual, habiendo renunciado a la literatura porque el lenguaje no puede “penetrar en el núcleo más íntimo de las cosas”, llegó a personificar un motín mudo instigado (en la vida real) por Rimbaud (Ein Brief “Lord Chandos”, 1902). Estos escritores cada vez más reticentes, los cuales, como el Bartleby de Melville, “preferirían no hacerlo” (“Bartleby, the Scrivener”, 1853), son los que Jean-Yves Jouannais denominó “artistas sin obra” (Artistes sans oeuvres, 1997); los partidarios de lo que Enrique Vila-Matas denomina la “literatura del no” (Bartleby y compañia, 2000).

La literatura ha ido muriendo inexorablemente a lo largo del siglo XX. En 1925, José Ortega y Gasset escribió sobre el “declive” de la novela. En 1930, Walter Benjamin afirmaba que estaba en “crisis”. Theodor W. Adorno creía que no podía haber poesía después de Auschwitz. En 1959, Brion Gysin (el de los “cut-ups”) se quejaba de que la ficción llevaba un retraso de cincuenta años con respecto a la pintura. A principios de los ‘60, Alain Robbe-Grillet criticó la momificación de la novela en su encarnación del siglo XIX. En 1967, John Barth publicó “The Literature of Exhaustion”, texto en el que hablaba de “la extenuación de determinadas formas o el agotamiento de determinadas posibilidades”. Ese mismo año, Gore Vidal diagnosticó que la novela estaba exhalando su último aliento. “Debemos continuar durante mucho tiempo hablando de obras y escribiéndolas, haciendo como que no nos damos cuenta de que la iglesia está vacía y que los feligreses se han ido a otra parte, a ocuparse de otros dioses”. En 1969, Ronald Sukenick publicó una colección de relatos breves titulada The Death of the Novel. A comienzos de los ‘70, el Nuevo Periodismo de Tom Wolfe fue considerado por algunos como el futuro de la escritura creativa. La muerte de la literatura y el mundo tal y como lo conocemos hoy en día, se convirtió en un tema de actualidad entre los académicos estadounidenses a principios de los ‘90 (ver, por ejemplo, la obra de Alvin Kernan titulada con gran acierto The Death of Literature, 1992). Habitualmente, argumentaban que los Departamentos de Inglés habían sido secuestrados por los estudios culturales, la Filosofía Continental y la corrección política enloquecida (a la que Bloom ha denominado “Escuela del Resentimiento”).

Desde entonces, han ocurrido dos cosas. La novela -que fue creada con el propósito de fusionar la poesía y la filosofía (según los primeros Románticos alemanes), de contener los demás géneros e incluso, el universo entero (siguiendo la concepción de Mallarmé acerca de El Libro o el sueño de Borges de una “Biblioteca Total”)- ha sido relegada a la “ficción”, un género que aborda la creación literaria como si el siglo XX nunca hubiera existido. Al mismo tiempo, la era digital ha llevado el exceso de información (del cual ya se quejaba en su momento el Eclesiasta) a un nivel completamente nuevo. Como consecuencia de esto, David Shields cree que la novela ya no está capacitada para reflejar la compleja vitalidad de la vida moderna: él prescribe nuevas formas híbridas de escritura (Reality Hunger, 2010). El poeta estadounidense (y fundador de UbuWeb) Kenneth Goldsmith nos pide encarecidamente que dejemos de escribir del todo para centrarnos en recombinar los textos que hemos ido acumulando a lo largo de los siglos (Uncreative Writing, 2011). Trasladando el retrato que James Joyce hizo de sí mismo como “el hombre del corta y pega” a la era digital, Mark Amerika afirma que hoy en día todos somos “remezcladores”. Sin embargo, ¿qué ocurriría si, tal como se preguntaba Lewis Carroll, las combinaciones de palabras fueran limitadas y ya las hubiéramos utilizado todas?

Según Steiner, somos “agonistas”, “vamos rezagados”: “No tenemos más comienzos” (Grammars of Creation). Para nosotros, el lenguaje “está desgastado por el uso” y el “sentido de revelación, de profuso conocimiento” exhibido por los escritores del periodo Tudor, Isabelino y Jacobeo “nunca ha vuelto a ser plenamente recuperado”. En vísperas de los innombrables horrores de la Segunda Guerra Mundial, Adorno ya sentía que “los cadáveres de las palabras, palabras fantasmales” era todo lo que habíamos dejado. El lenguaje se había corrompido, irremediablemente arruinado por “el uso de la tribu” (Mallarmé). ¿Es que acaso ya no podemos seguir el mandato de Ezra Pound de “hacerlo nuevo”?

“Incluso la propia originalidad ya no es capaz de sorprendernos”, escribe Lars Iyer en un destacable ensayo publicado recientemente por The White Review. Según este novelista y catedrático de filosofía, vivimos en “una era de palabras sin precedente” pero en la cual los Novelistas Importantes han dado paso a “una legión de escribas”. La literatura tan sólo sobrevive como ficción literaria kitsch: una “parodia de estilos pasados”; “una pantomima de sí misma”. Este es un terreno que Andrew Marr ha revisitado a comienzos del siglo XXI. La novela, hoy en día, “no reivindica ampliar los límites del modo en que entendemos el mundo” y se encuentra anclada a finales del siglo XIX: “Los cientos de buenos artesanos de la novela, que aprendieron de forma laboriosa y detallada las lecciones acerca de la construcción de la trama y los personajes, dónde ser recargados y cuándo lacónicos, se han convertido en réplicas modernas de máquinas pensantes llevadas a su máximo nivel de desarrollo hace un siglo. Es como si el motor de combustión interna hubiera sido perfeccionado en 1870 y todos los coches de hoy en día fueran simples modelos victorianos con un estilo actualizado”. La conclusión a la que llegó Marr fue que la novela –tal como ocurrió anteriormente con “la sinfonía, el ballet, el arte figurativo o la cerámica esmaltada”– podría haber perdido ya su esplendor: “… las grandes obras, el tiempo de los descubrimientos, está muerto y no puede ser reabierto” (“Death of the Novel”, The Observer 27 de Mayo de 2001). En “The Literature of Exhaustion”, John Barth ya había pronosticado cómo “las ultimidades sentidas de nues- tro tiempo” (por ejemplo, el mismísimo final de la novela como “forma artística mayor”, tal como mencionaba Marr) podrían convertirse en alimento para obras futuras. En este sentido, Iyer da en el clavo. En su opinión, no estamos escribiendo las páginas finales de la literatura (su conclusión) sino más bien su “epílogo”: la nuestra es “una literatura después de la literatura”. Mientras que los poetas Románticos de Bloom se sentían “subsidiarios” frente a sus ilustres predecesores, Iyer cree que hemos llegado demasiado tarde, y punto. La literatura hoy en día ya no es “la Cuestión en sí misma, sino la Cuestión que se ha desvanecido”. La tarea del escritor es “conjurar al fantasma” de una tradición que se ha dado por vencida. De este modo, las novelas de Tom McCarthy, Lee Rourke o el propio Iyer no son tanto la evidencia de un revival del nouveau roman, sino ejemplos de un nuevo tipo de ficción ontológica que explora las posibilidades perdidas del Modernismo.

Según Kathleen Fitzpatrick, la muerte de la novela ha sido utilizada por los novelistas como un ardid para garantizar su supervivencia (The Anxiety of Obsolescence: The American Novel in the Age of Television, 2006). Nos queda comprobar si, como afirma Iyer, nos hemos adentrado en una era post-literaria, o si por el contrario, la crónica acerca de la muerte de la literatura ha sido magnificada una vez más.

Una versión reducida de este artículo fue publicada en el periódico británico The Guardian, el 10 de enero de 2012, con el título “In Theory: the Death of Literature”.










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The Importance of Doing Nothing

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This appeared in the summer 2009 issue of Flux magazine (issue 69, pp. 50-51):

The Importance of Doing Nothing

You know something is seriously awry when even the Tory leader claims we should be focusing on GWB as well as GDP. General Well-Being is a catch-all phrase, but in our long-hours culture it can only mean one thing: striking a better work-life balance. As Paul Lafargue — Karl Marx’s son-in-law — pointed out, God seems to have sussed it from the word go: “after six days of work, he rests for all eternity” (The Right to be Lazy, 1883). Although scripture is notoriously open to interpretation, prelapsarian Eden is patently presented as a work-free environment. It is only after the Fall — and, crucially, as a result of it — that men were condemned to earn their dough: “In the sweat of thy face shalt thou eat bread, till thou return unto the ground” (Genesis 3:19). Women, for their pains, would bring forth children “in sorrow”. The word ‘travail’ — French for ‘work’ — also happens to refer to labour pains: it derives from the Latin tripalium which, fittingly enough, was an instrument of torture. As for ‘labour’ itself, it comes from labor meaning ‘trouble’. No wonder work is a four-letter word (to quote the 1968 Cilla Black number famously covered by the Smiths).

In ancient Greece, work was restricted to slaves — a set-up which provided a blueprint for the West until the Industrial Revolution. By the early nineteenth century, however, “the voice of busy common-sense” — as Keats dubbed it — had become deafening (“Ode on Indolence,” 1819). Nietzsche observed how people were beginning to feel guilty of “prolonged reflection”: “Well, formerly, it was the other way around: it was work that was afflicted with the bad conscience. A person of good family used to conceal the fact that he was working if need compelled him to work. Slaves used to work, oppressed by the feeling that they were doing something contemptible” (The Gay Science, 1882). “It is to do nothing that the elect exist,” Oscar Wilde reaffirmed defiantly in the face of a triumphant work ethic. Contemplation, he lamented, had come to be regarded as “the gravest sin of which any citizen can be guilty” rather than “the proper occupation of man”. It is this gradual erosion of the contemplative life — “the life that has for its aim not doing but being” — which writers and dreamers have always tried to resist (“The Critic as Artist,” 1891). Robert Louis Stevenson — who poured scorn on those “who are scarcely conscious of living except in the exercise of some conventional occupation” — argued that idleness “does not consist in doing nothing, but in doing a great deal not recognised in the dogmatic formulations of the ruling class” (“An Apology for Idlers,” 1881). In How to be Idle (2004), Tom Hodgkinson — co-founder of The Idler magazine (1993) — reminds us that “living is an art, not something that you fit in around your job”.

Pockets of collective anti-work resistance appeared at regular intervals throughout the 20th century, from the drop-out beatniks to the unemployed punks. The Sex Pistols’ brazen “I’m a Lazy Sod” contained the classic line: “I don’t work, I just speed; that’s all I need”. Bow Wow Wow’s second single — “W.O.R.K. (N.O. Nah No! No! My Daddy Don’t)” — turned the tables on Thatcherite austerity by celebrating the rise of the idle poor. Many like Morrissey went looking for a job and then found a job and heaven knows were miserable now. 1991 saw the release of Slackers as well as the publication of Generation X whose protagonists relocate to the Californian desert after opting out of the rat race. Douglas Coupland’s downshifting classic was subtitled “Tales for an Accelerated Culture,” mirroring the parallel rise of the Slow movement anticipated by Bertrand Russell (“In Praise of Idleness,” 1932) and chronicled by Carl Honoré (In Praise of Slow: Challenging the Cult of Speed, 2004).

“Our epoch has been called the century of work,” Lafargue wrote, back in the 1880s, “It is in fact the century of pain, misery and corruption.” “Labour is the one thing a man has had too much of,” D. H. Lawrence echoed in the 1920s (“A Sane Revolution”). Unsurprisingly, Dr. Frank Lipman’s current diagnosis is that we are all completely knackered (Spent? End Exhaustion & Feel Great Again, 2009). So what are we to do? One option is to follow the advice of New Rich guru Timothy Ferriss whose best-selling The 4-Hour Work Week (2007) is designed to teach you how to let money make itself by outsourcing your business. Alternatively, we could turn to Melville’s Bartleby who, when asked to do anything, answers: “I would prefer not to” (Bartleby, the Scrivener, 1853). We could also take our cue from Jerome K. Jerome — the forefather of Phone In Sick Day — and get our kicks from the illicit thrill of skiving: “There is no fun in doing nothing when you have nothing to do” (“On Being Idle,” 1889). Following Thierry Paquot (The Art of the Siesta, 1998), Hodgkinson prescribes hitting the snooze button where it hurts: “Edison promoted the idea of ‘more work, less sleep’. The idler’s creed is ‘less work, more sleep'”.

One man who devoted his life and, er, work (8 slim volumes in 65 years) to sleep was Egyptian émigré Albert Cossery. His was a militant form of idleness which he saw as the only way to fully enjoy “the Edenic simplicity of the world”. In an early short story, the inhabitants of an impoverished neighbourhood are prepared to kill off those who interrupt their sacred slumber before noon; in another, an Oblomov-style character refuses to leave his bed for a whole year. Cossery was convinced that those who rejected (or were deprived of) material wealth gained access to a heightened state of consciousness hence the constant association between destitution and nobility. In 1945, he checked in to a poky hotel — on the very same Parisian street where the iconic “Ne travaillez jamais” (“Never work”) graffito would soon appear — and remained there, doing precious little, until he passed away last year. Cossery chose to get a life instead of a job. Perhaps more of us should do the same — the world might be a better place.

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Unheard Melodies

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This appeared in the summer 2009 issue of Garageland (issue 8, pp. 30-33).

Unheard Melodies

Andrew Gallix goes in search of the most elusive of the phantom bands — L.U.V.

garageland

“As a rock critic, when you reach a certain age, you begin to wonder if all the mental and emotional energy you’ve invested in this music was such a shrewd move,” wrote Simon Reynolds in the introduction to Rip It Up and Start Again. More recently, he wondered if “searching for utopia through music” had not been “a mistake” (Totally Wired). To ascribe such doubts to impending middle age alone would be to forget that there was a time when music truly was a matter of life and death, when days were whiled away listening to records and poring over album covers in some ill-defined but all-important quest. Instead of producing plays or paintings, the best and brightest were busy perfecting one-note solos on replica Starways from Woolies. Rock’n’ roll was central to contemporary culture: it was where it was at.

Needless to say, no band could ever totally live up to such high expectations. Malcolm McLaren shrewdly ensured that the Sex Pistols made precious few live appearances in order to enhance their mystique. Spandau Ballet would use a similar trick at the beginning of their career by playing invite-only gigs. Keats (Morrissey notwithstanding) was right: heard melodies are sweet, but those unheard are sweeter. After all, bands are necessarily approximations of the dreams that conjured them up. Some — like the Libertines whose Arcadian rhetoric was often far more exciting than their songs — are condemned to remain pale reflections of their Platonic ideals. By the same token, a record is always a compromise: The La’s famously spent two years recording and re-recording their first album without ever achieving the desired effect. Even at its best, music cannot vie with the silence it comes from and returns to — the silence inhabited by phantom bands.

We are not talking dead silence here, but rather something akin to the background noise during a performance of 4′ 33″ or the tinnitus burned on to the mind’s ear by imaginary songs overheard through the static in between radio stations. A living silence, perhaps. According to the great academic and critic George Steiner, “A book unwritten is more than a void”. The same could be said about songs unrecorded or unplayed: they actually exist, virtually, in some Borgesian iPod of Babel. Phantom bands themselves are not complete figments of the imagination either: to qualify, they must have some kind of shadowy existence, leave some kind of (lipstick) trace. The Chris Gray Band never existed beyond a few graffiti around Victoria Coach Station in the early seventies, but the idea of forming “a totally unpleasant pop group” designed to subvert showbiz from within would obviously be a major influence on the Pistols project (1). The London SS — whose short lifespan was one long audition bringing together most of the major players on the future London punk scene — is probably the most influential group to have neither released a record nor played a single gig. Synthpunk pioneers The Screamers were described by Jello Biafra as “the best unrecorded band in the history of rock ‘n’ roll”. Typically, their first photoshoot appeared in a magazine when they were yet to play live (2). At a later stage, they were approached to release an album cover containing no record — an art stunt which never materialised but would have been a fitting metaphor for this textbook phantom outfit from Los Angeles. The Screamers managed to become local legends although — or perhaps because — they only did a handful of gigs and never got round to cutting a record (3). The Nova Mob from Liverpool did not even try to go that far. Fronted by Julian Cope, they were a purely conceptual group dedicated to never playing a single note of music. Instead, they would hang around caffs discussing imaginary songs — a practice they referred to as “rehearsing”. Definitely one for the Borgesian iPod.

“It’s like being in love with a woman you’ve never had,” says Dominique Fury, trying to account for the enduring fascination exerted by the group in which she briefly played guitar more than three decades ago: “The relationship hasn’t been consummated”. She smiles. A ray of sunshine has crept into her artist’s studio near Belleville. Through the open window, I can glimpse the pink apple blossom in the middle of the dappled courtyard. All is quiet. All is still. When I say I’m in love, you best believe I’m in love L-U-V. For me, the most phantomatic of phantom bands has always been L.U.V., an elusive and largely illusive all-girl punk combo from Paris. I remember reading tantalising news snippets about them in the music or mainstream press at regular intervals. A quote here, a namecheck there. Just enough to whet my appetite. And then — nothing. A tale told by an idiot, full of silence and fury, signifying nothing. Nostalgia for a band yet to come.

Only one picture of the complete line-up was ever published (in the long-defunct Matin de Paris). Granted, it is worth a thousand words, but the fact that there seem to be no others speaks volumes about the fragility of L.U.V.’s collective identity. It is also rather paradoxical given that style was all the substance they had. From left to right you can see Aphrodisia Flamingo (the rebel), Dominique Fury (the femme fatale), Liliane Vittori (the cerebral rock chick) and Edwige Belmore (the It girl). Wearing matching sunglasses, Aphrodisia and Dominique — the terrible twins who formed the nucleus of the group — stand very close to each other as if they are an item. Aphrodisia stares the world down, her full mouth a smouldering moue of utter contempt — Bardot gone badass. Dominique, in terrorist chic mode, adopts a far more glamorous, almost provocative pose. Liliane, for her part, seems to be fading into the background, a faraway look on her anguished features. Edwige towers above her like some Teutonic titan, sporting a Billy Idol hairdo and the blank expression of a Galeries Lafayette mannequin.

L.U.V. (4) was the brainchild of Aphrodisia Flamingo (Laurence “Lula” Grumbach) who, having mixed with the likes of Nico, Lou Reed and Patti Smith in New York City, returned to Paris determined to launch a girl group of the punk persuasion. One night, down at the Gibus (France’s answer to CBGB), she caught sight of Dominique Fury (née Jeantet) (5). It was L.U.V. at first sight: “I just made a beeline for her because I instantly knew I wanted her in the band”. The fiery, long-haired brunette and the glacial, short-haired blonde were attracted to each other like polar opposites. Dominique speaks repeatedly of a “magnetic relationship”: “There was chemistry between us — something magical that was more than the mere sum of its parts”. Both came from very wealthy but troubled backgrounds (6). Aphrodisia lost her father when she was only eleven; Fury never really found hers (which may explain her penchant for collective experiences) (7). The latter was a revolutionary heiress who made donations to the Black Panthers and bankrolled a couple of utopian communities that she describes as “a quest for something beautifully wild”. Once the opium fumes of the communal dream had dissipated, she embarked on an equally eventful American road trip (almost meeting her fate near the Mexican border) and was soon drawn towards punk’s “dark and romantic aesthetics” — which brings us back to the Gibus circa early 1977.

Although L.U.V. revolved mainly around these two soul mates, the most famous member at the time was in fact Edwige — a striking bisexual amazon who was already a face on the local clubbing scene and would soon be crowned la reine des punks. For fifteen minutes, Paris was at her feet: she ran the door at the hippest joint this side of Studio 54 (Le Palace), was photographed with Warhol for the cover of Façade magazine, formed an electronic duo called Mathématiques Modernes, posed for Helmut Newton and allegedly had a string of affairs with the likes of Grace Jones, Madonna and Sade (“The Sweetest Taboo” is rumoured to be about her). Given her stature, Edwige seemed destined to bang the drums for L.U.V. As Fury puts it, “The group was primarily an image — a work of art — so it was great to have this iconic figure”.

This conception of the band as tableau vivant or performance art was (and indeed remains) at odds with some of the other members’ more conventional aspirations. “Aphrodisia gave me the opportunity to create something,” says Fury, but that something was not rock’n’roll. When L.U.V. petered out, she joined Bazooka, an art collective (where she famously found herself embroiled in a convoluted ménage à trois with two artists of either gender) rather than another band (8). But Liliane, the bassist (9), simply could not understand why Dominique showed no interest in musical proficiency and insisted on teaching her how to master her instrument. Fury reckons “she just wasn’t mad enough”. “She simply didn’t get it,” concurs Aphrodisia. Whenever journalists or A&R people attended rehearsals, they drafted in Hermann Schwartz — Métal Urbain’s axeman — who would play concealed behind a curtain while Fury struck guitar-heroine poses (10).

Aphrodisia, who is currently writing her autobiography, sees L.U.V. as a missed opportunity: “We never wrote a single song. We wanted to, but were probably too stoned” (11). She explains that rehearsals were constantly interrupted because someone always needed to score. She talks about major label interest. She remembers how Rock & Folk, the top French music magazine, would beg them to play a gig that they could cover in their next issue…

Some of us are still waiting for that next issue. Come, let us dance to the spirit ditties of no tone.

Endnotes:

(1) The eponymous Chris Gray was a member of the English section of the Situationist International (expelled in 1967) and the author of the seminal Leaving the 20th Century anthology (1974) which popularised Situationist ideas in Britain. Like Malcolm McLaren and Jamie Reid, he was involved with political pranksters King Mob.

(2) This is reminiscent of the Flowers of Romance (which included Sid Vicious, Viv Albertine and Keith Levene) who gave an interview to a fanzine although they had never played live (and would never do so). The Pistols would later cover the Flowers’ “Belsen Was a Gas”.

(3) The Screamers’ uncompromising music — all synthesizer, keyboard, drums, screamed vocals and not a guitar in sight — was unlikely to get heavy rotation, but delusions of grandeur were probably the main reason why the big time eluded them. A prime example of this was their decision to turn down a tour with Devo. There were also rumours that Brian Eno wanted to produce them, but the band felt that their histrionic live performance could not possibly be captured on vinyl. Instead, they envisaged a video-only release which would have been commercial suicide pre-MTV. It never saw the light of day anyway.

(4) The band’s name is obviously a reference to The New York Dolls’ “Looking For a Kiss,” but according to Laurence Grumbach it also stands for Ladies United Violently or Lipstick Used Viciously. Laurence’s nom de punk was chosen because she was born on 9 August which is St Amour’s day in the French calendar (hence Aphrodisia) and because she was fond of the Flamin’ Groovies (Flamingo). Apparently, it has nothing to do with John Waters’ 1972 film, Pink Flamingos.

(5) Dominique Jeantet reinvented herself as Fury in reference to Faulkner and the Plymouth Fury automobiles. She once owned a guitar with “Fury” inscribed on it.

(6) Fury recently discovered that her godfather was none other than the then future (and now late) President François Mitterrand.

(7) Fury’s father was a protean character. Among many other things, he was a spy with multiple identities who was involved in a plot to assassinate Hitler. Before the war, he had been a member of a far-right terrorist group.

(8) The two artists were Olivia Clavel, who introduced her into the collective, and Loulou Picasso. Bazooka are most famous in Britain for producing the cover of Elvis Costello’s Armed Forces. Dominique Fury, who was once described as the Parisian Edie Sedgwick, also dated Lenny Kaye and Mick Jones of The Clash.

(9) Liliane was also a talented photographer who worked for the music press.

(10) Hermann Schwartz also acted as L.U.V.’s Pygmalion. It was he, for instance, who introduced the girls to The Shangri-Las.

(11) L.U.V. covered two songs: Nico & The Velvet Underground’s “Femme Fatale” and The Troggs’ “Wild Thing”. Dominique Fury showed me some lyrics, both in French and English, that she had written for the band, but I’m not sure she ever shared them with the other members. Some are reminiscent of X-Ray Spex in that they describe a dystopian consumer society. Others stood out because of their violent imagery: “We’ll take the handle and you’ll take the blade”.

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