La influencia de la ansiedad

This article, translated by Iris Bernal, appeared in Función Lenguaje 2 (summer 2012)

La influencia de la ansiedad

“Llegamos demasiado tarde para decir algo que no se haya dicho ya” se lamentaba La Bruyère a finales del siglo XVII. El hecho de que el propio La Bruyère
llegara tarde al afirmar esto (el Eclesiasta y Terencio ya se habían adelantado a él en los siglos III y II AC) venía a demostrar su aserto. Según la precuela de Macedonio Fernández, anterior al Génesis, siempre hemos llegado demasiado tarde. Este autor imagina lo que bien podría haber sucedido cuando Dios estaba a punto de crear el universo. De pronto, una voz clama en el desierto, interrumpiendo el eterno silencio del espacio infinito, la misma que aterra a Pascal: “Todo ha sido escrito, todo ha sido dicho, todo ha sido hecho”, se lamenta. El Todopoderoso, que ya ha escuchado esto con anterioridad, sigue adelante sin darle importancia, dando sentido a la famosa ocurrencia de André Gide: “Todo está ya dicho, pero como nadie escucha, hay que volverlo a decir” (Le Traité du Narcisse, 1891). En el principio fue el verbo, y el verbo es anterior al principio mismo.

En su obra más influyente, The Anxiety of Influence (1973), Harold Bloom argumentaba que los grandes poetas románticos malinterpretaron a sus ilustres predecesores “con el fin de liberar un espacio imaginativo para sí mismos”. La figura del padre literario se asesinaba, metafóricamente hablando, a través de un proceso de “transgresión poética”. T.S. Eliot ya había expresado una idea similar a propósito de la de Philip Massinger: “Los poetas inmaduros imitan; los poetas maduros roban; los malos poetas desfiguran lo que toman, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente” (1920). Borges, discípulo de Macedonio, al cual Bloom hace referencia, compartía la misma longitud de onda (aunque en el extremo opuesto del dial) cuando exclamaba que “cada escritor crea sus propios precursores” (1951).

Según Bloom, este sentimiento de inferioridad es, más que un fenómeno característico del Renacimiento, el motor principal de la historia de la literatura: “Llegar tarde no me parece en absoluto una condición histórica, sino una situación que pertenece al hecho literario como tal”. A lo largo de los siglos, la creación literaria ha sido siempre un diálogo de dos direcciones entre el pasado y el presente (el primero subsiste en el segundo; el segundo arroja luz sobre el primero). En sus Essais (1580), Montaigne ya se quejaba de la multiplicación de exégesis parasitarias: “Es más laborioso interpretar las interpretaciones que interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro tema: no hacemos más que parafrasearnos unos a otros”. George Steiner, otro crítico sincero de “el Leviatán de papel del discurso secundario”, sostiene que la forma más elevada de paráfrasis se halla en la propia literatura: “Cuando el poeta critica al poeta desde el interior del poema, la hermenéutica lee el texto viviente que Hermes, el mensajero, ha traído del reino de los muertos inmortales” (Real Presences, 1989). Esto implica que la creación literaria no trata sobre la expresión del yo, sino sobre la recepción y la transmisión. “El verdadero poeta es hablado por el lenguaje, el poeta es el médium elegido, por decirlo así, en virtud de su naturaleza osmótica, permeable, gracias a lo que Keats denomina su ‘capacidad negativa’. Antes de ser nuestro, el acto de recepción es el del artista-creador” (Grammars of Creation, 2001). Lo que llama la atención es que Steiner, cuya concepción de la literatura deriva de sus creencias religiosas, debería estar totalmente de acuerdo, en este punto, con Tom McCarthy, que viene, por decirlo de alguna manera, del otro lado de las barricadas. Para el autor de C (2010) -una novela que versa sobre la ficción como recepción y transmisión-, “el escritor es un receptor y el contenido ya está ahí. La tarea del escritor es filtrarlo, ejemplificarlo y remezclarlo; no de forma aleatoria sino de forma consciente y atenta”. Dándole la vuelta a la cronología, él considera Finnegans Wake como el código fuente de la ficción anglófona: un nuevo comienzo, más que un hiato o un punto y aparte. Por supuesto, McCarthy es un gran admirador de Maurice Blanchot, quien afirma en La Part du Feu que “la literatura, al igual que el discurso cotidiano, comienza con el final”; con lo que quiere decir la muerte (como posibilidad o imposibilidad). Si la literatura comienza con el final, concluye con el principio ya que la creación literaria, bajo su punto de vista, es una búsqueda maldita de su fuente de inspiración. Así como Orfeo no puede evitar mirar atrás para ver a Eurídice en la oscuridad del Hades (y de esta forma perderla para siempre) el escritor sacrifica su obra para permanecer fiel a su origen dionisíaco y oscuro. A la pregunta “¿dónde va la literatura?”, Blanchot nos da la siguiente respuesta: “La literatura va hacia ella misma, hacia su esencia, la cual es su desaparición” (Le Livre à Venir, 1959). El “contenido” está “ahí fuera” -siempre ahí- toda la literatura es “paráfrasis”: “¿Quién estaría interesado en un discurso nuevo y no transmitido? Lo importante no es contar, sino volverlo a contar, y en esta repetición, contarlo de nuevo como si fuera la primera vez” (L’Entretien Infini, 1969). Los escritores modernos deben “comenzar de cero en cada ocasión” mientras que sus ancestros simplemente tenían que “rellenar una forma dada” (Gabriel Josipovici, What Ever Happened to Modernism?). La imposibilidad de empezar de cero (la ausencia de una “primera vez” definitiva) significa que la literatura fracasa al comenzar una y otra vez, como si se tratara de una compulsiva repetición inducida de forma traumática. En otras palabras, no cesa de acabar. La novela, dice Tom McCarthy, ha estado “viviendo su propia muerte” desde Don Quijote; la “experiencia del fracaso” es parte integral de su ADN. Si no estuviera muriendo, no estaría viva.

Escribiendo para el New York Review of Books en 1965, Frank Kermode afirmó que “el destino específico de la novela, considerada como un género, es el de estar siempre muriendo”. Y proseguía afirmando que la muerte de la novela era “el material sin el que la literatura moderna es inimaginable”. Esta cuestión de la muerte de la literatura es de hecho tan antigua como la propia literatura. Se puede rastrear hasta Juvenal y Tácito, pasando por David Shields, Samuel Richardson, y llegando a los escribas del fin-de-siècle. Para Richard B. Schwartz, el asunto empezó a torcerse en el Renacimiento tardío: “la Literatura en mayúsculas realmente murió con la aristocracia que la consumía” (After the Death of Literature, 1997). Según Steiner, el declive comenzó con la crisis lingüística que acompañó al auge de la novela. Después del siglo XVII (después de Milton), “la esfera del lenguaje” dejó de abarcar la mayor parte de la “experiencia y la realidad” (“The Retreat from the Word”, 1961). Las matemáticas se volvieron cada vez más difíciles de traducir al lenguaje; la pintura post-impresionista escapaba de toda verbalización; la lingüística y la filosofía destacaban el hecho de que las palabras se refieren a otras palabras… La proposición final del Tractatus (1921) de Wittgenstein atestigua esta intrusión de lo innombrable: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Tan solo cuatro años antes, Kafka había conjeturado que quizá hubiera sido plausible escapar al canto de las Sirenas, pero no a su silencio.

Harold Bloom tiene razón: llegar tarde no es simplemente una “condición histórica”. Después de todo, ya era uno de los temas principales del Quijote. Así como señala Gabriel Josipovici, “este sentimiento de haber llegado, de algún modo, demasiado tarde, de haber perdido para siempre algo que alguna vez fue una posesión común, es una preocupación clave, la preocupación fundamental del Romanticismo” (What Ever Happened to Modernism?, 2010). En contra del ambiente de deterioro de la confianza en los poderes del lenguaje -igual que el “desencanto del mundo” de Schiller se estaba volviendo más aparente, y la legitimidad del escritor, en un “tiempo destituido” (Hölderlin) de Dioses ausentes y Sirenas mudas, parecía cada vez más arbitraria- la literatura llegó a ser considerada como un “absoluto” (Phillipe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, L’Absolu Littéraire : Théorie de la littérature du romantisme allemand, 1968). Walter Benjamin describió de forma célebre el “lugar de nacimiento de la novela” como “el individuo en soledad”, un individuo aislado de la tradición que no puede reclamar ser el portavoz de la religión o la sociedad. Tan pronto como este “individuo en soledad” se elevaba al estatus de un alter deus, la tardanza esencial a toda la creatividad humana resultaba obvia. “Ninguna forma artística”, dice Steiner en Grammars of Creation (2001), “nace de la nada. Siempre viene después” y el “creador humano se enfurece ante [este] venir después, al ser, para siempre, segundo con respecto al misterio original y originador de la formación de la forma” (Real Presences, 1990). William Marx ha analizado con gran maestría cómo en Francia las desmedidas reivindicaciones para la literatura condujeron a esta decadencia prolongada. Esta evolución, de lo sublime a lo ridículo, tuvo lugar en tres etapas. A finales del siglo XVIII, la literatura se transformó en un sucedáneo de la religión. En una segunda etapa, marcada por la arrogancia, los escritores intentaron aislarse del resto de la sociedad (el arte por el arte) desencadenando de este modo un proceso de marginalización. En una última fase, la devaluación de la literatura (a los ojos del público en general) fue interiorizada por los propios escritores e incorporada a sus obras (L’Adieu à la Littérature. Histoire d’une dévalorisation XVIIIe-XXe siècles, 2005).

En sus Vorlesungen über die Ästhetik (compiladas en 1835), Hegel declaró, de manera brillante, que el arte se había transformado en “algo del pasado”. No quería decir con esto, como a menudo se ha creído, que el arte y la literatura estuviesen muertos, o incluso en decadencia, sino que no podían seguir transmitiendo de forma adecuada las más elevadas aspiraciones espirituales de la humanidad. En otras palabras, no podían seguir siendo el instrumento para expresar lo Absoluto. Influido por Hegel, Blanchot se pregunta: “¿Está el arte alcanzando su final? ¿Está pereciendo la poesía por haberse visto reflejada en sí misma, igual que aquel que muere después de contemplar a Dios?” (Le Livre à Venir). Si, como él propone en otro sitio, “la literatura surge en el momento en el que la literatura se convierte en una pregunta”, entonces la respuesta es no (La Part du Feu, 1949). Sin embargo, al transformarse en una pregunta, la literatura se transforma a su vez en su propia respuesta, por lo que ya no es capaz de sincronizarse consigo misma. Uno podría alegar que la literatura es entonces la distancia que la separa de sí misma. “Aquellos viejos tiempos”, anteriores al Génesis según Witold Gombrowicz, “cuando Rabelais escribía cómo un niño hacía pis contra el tronco de un árbol” habían acabado. “Retroceder al universo de los géneros literarios no es una opción”, ratifica Gabriel Josipovici, “como tampoco lo es un retorno al mundo del ancien régime” (What Ever Happened to Modernism?). Esta crisis de identidad se agravaba por una conciencia cada vez mayor de las limitaciones de la creación literaria. La literatura ya no sabía exactamente lo que era, pero sí sabía lo que no era, lo que ya no era capaz de hacer. “Ser moderno”, como declaró Roland Barthes, “es conocer lo que ya no es posible”. Es también anhelar esa imposibilidad, en la forma en la que Borges lo hacía en “el otro tigre, el que no está en el verso”. Tom McCarthy afirma que una novela es “algo que contiene su propia negación”, que clama contra sus propias limitaciones. Según este autor, la literatura es “un medio que sólo marcha cuando no funciona”: es “un fallo en el sistema, igual que un fallo en el ordenador”. “Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, como decía Beckett en Worstward Ho (1983). Para Blanchot, es precisamente esta imposibilidad esencial de la literatura (su incapacidad para convertirse en una instancia del Absoluto hegeliano) lo que la preserva como posibilidad. La obra está siempre por venir.

La potencialidad, el angustioso vértigo de la libertad, es fundamental para la modernidad literaria. Pierre Menard responde a la arbitrariedad de la ficción (puesta de relieve por la libertad creativa) reescribiendo palabra por palabra Don Quijote y, de este modo, convierte la contingencia en necesidad (“Pierre Menard, autor de El Quijote”, 1939). Otra respuesta a esta cuestión es la de Henry James, que permite al lector sentir “la narración como podría haber sido” tras “la obra construida y limitada a la que él da vida” (Le Livre à Venir). Una creciente reticencia a dar vida a cualquier obra, por muy limitada que sea, se hizo sentir desde el siglo XVIII en adelante. En Sygdommen til Døden (1849), Kierkegaard observó cómo “se hace cada vez más plausible porque nada se vuelve real”. Llevando esta lógica hasta el extremo, Rousseau afirma que “No hay nada más bello que lo que no existe”, mientras que Keats resaltaba la belleza innombrable de las melodías “no escuchadas” (“Ode on a Grecian Urn”, 1819). Una figura emblemática, como señala Dominique Rabaté (Vers une Littérature de l’épuisement, 1991) es el “demonio de la posibilidad” lui-même: Monsieur Teste de Valéry, que se niega a reducir el campo de posibilidades convirtiendo cualquiera de ellas en realidad. Es un claro precursor del Ulrich de Musil -el epónimo Der Mann ohne Eigenschaften (1930-42)- al cual Blanchot describe como alguien que “no dice que no a la vida sino que aún no, quien finalmente actúa como si el mundo no pudiera nunca empezar excepto al día siguiente”. Otra figura representativa es Lord Chandos, de Hofmannstahl, el cual, habiendo renunciado a la literatura porque el lenguaje no puede “penetrar en el núcleo más íntimo de las cosas”, llegó a personificar un motín mudo instigado (en la vida real) por Rimbaud (Ein Brief “Lord Chandos”, 1902). Estos escritores cada vez más reticentes, los cuales, como el Bartleby de Melville, “preferirían no hacerlo” (“Bartleby, the Scrivener”, 1853), son los que Jean-Yves Jouannais denominó “artistas sin obra” (Artistes sans oeuvres, 1997); los partidarios de lo que Enrique Vila-Matas denomina la “literatura del no” (Bartleby y compañia, 2000).

La literatura ha ido muriendo inexorablemente a lo largo del siglo XX. En 1925, José Ortega y Gasset escribió sobre el “declive” de la novela. En 1930, Walter Benjamin afirmaba que estaba en “crisis”. Theodor W. Adorno creía que no podía haber poesía después de Auschwitz. En 1959, Brion Gysin (el de los “cut-ups”) se quejaba de que la ficción llevaba un retraso de cincuenta años con respecto a la pintura. A principios de los ‘60, Alain Robbe-Grillet criticó la momificación de la novela en su encarnación del siglo XIX. En 1967, John Barth publicó “The Literature of Exhaustion”, texto en el que hablaba de “la extenuación de determinadas formas o el agotamiento de determinadas posibilidades”. Ese mismo año, Gore Vidal diagnosticó que la novela estaba exhalando su último aliento. “Debemos continuar durante mucho tiempo hablando de obras y escribiéndolas, haciendo como que no nos damos cuenta de que la iglesia está vacía y que los feligreses se han ido a otra parte, a ocuparse de otros dioses”. En 1969, Ronald Sukenick publicó una colección de relatos breves titulada The Death of the Novel. A comienzos de los ‘70, el Nuevo Periodismo de Tom Wolfe fue considerado por algunos como el futuro de la escritura creativa. La muerte de la literatura y el mundo tal y como lo conocemos hoy en día, se convirtió en un tema de actualidad entre los académicos estadounidenses a principios de los ‘90 (ver, por ejemplo, la obra de Alvin Kernan titulada con gran acierto The Death of Literature, 1992). Habitualmente, argumentaban que los Departamentos de Inglés habían sido secuestrados por los estudios culturales, la Filosofía Continental y la corrección política enloquecida (a la que Bloom ha denominado “Escuela del Resentimiento”).

Desde entonces, han ocurrido dos cosas. La novela -que fue creada con el propósito de fusionar la poesía y la filosofía (según los primeros Románticos alemanes), de contener los demás géneros e incluso, el universo entero (siguiendo la concepción de Mallarmé acerca de El Libro o el sueño de Borges de una “Biblioteca Total”)- ha sido relegada a la “ficción”, un género que aborda la creación literaria como si el siglo XX nunca hubiera existido. Al mismo tiempo, la era digital ha llevado el exceso de información (del cual ya se quejaba en su momento el Eclesiasta) a un nivel completamente nuevo. Como consecuencia de esto, David Shields cree que la novela ya no está capacitada para reflejar la compleja vitalidad de la vida moderna: él prescribe nuevas formas híbridas de escritura (Reality Hunger, 2010). El poeta estadounidense (y fundador de UbuWeb) Kenneth Goldsmith nos pide encarecidamente que dejemos de escribir del todo para centrarnos en recombinar los textos que hemos ido acumulando a lo largo de los siglos (Uncreative Writing, 2011). Trasladando el retrato que James Joyce hizo de sí mismo como “el hombre del corta y pega” a la era digital, Mark Amerika afirma que hoy en día todos somos “remezcladores”. Sin embargo, ¿qué ocurriría si, tal como se preguntaba Lewis Carroll, las combinaciones de palabras fueran limitadas y ya las hubiéramos utilizado todas?

Según Steiner, somos “agonistas”, “vamos rezagados”: “No tenemos más comienzos” (Grammars of Creation). Para nosotros, el lenguaje “está desgastado por el uso” y el “sentido de revelación, de profuso conocimiento” exhibido por los escritores del periodo Tudor, Isabelino y Jacobeo “nunca ha vuelto a ser plenamente recuperado”. En vísperas de los innombrables horrores de la Segunda Guerra Mundial, Adorno ya sentía que “los cadáveres de las palabras, palabras fantasmales” era todo lo que habíamos dejado. El lenguaje se había corrompido, irremediablemente arruinado por “el uso de la tribu” (Mallarmé). ¿Es que acaso ya no podemos seguir el mandato de Ezra Pound de “hacerlo nuevo”?

“Incluso la propia originalidad ya no es capaz de sorprendernos”, escribe Lars Iyer en un destacable ensayo publicado recientemente por The White Review. Según este novelista y catedrático de filosofía, vivimos en “una era de palabras sin precedente” pero en la cual los Novelistas Importantes han dado paso a “una legión de escribas”. La literatura tan sólo sobrevive como ficción literaria kitsch: una “parodia de estilos pasados”; “una pantomima de sí misma”. Este es un terreno que Andrew Marr ha revisitado a comienzos del siglo XXI. La novela, hoy en día, “no reivindica ampliar los límites del modo en que entendemos el mundo” y se encuentra anclada a finales del siglo XIX: “Los cientos de buenos artesanos de la novela, que aprendieron de forma laboriosa y detallada las lecciones acerca de la construcción de la trama y los personajes, dónde ser recargados y cuándo lacónicos, se han convertido en réplicas modernas de máquinas pensantes llevadas a su máximo nivel de desarrollo hace un siglo. Es como si el motor de combustión interna hubiera sido perfeccionado en 1870 y todos los coches de hoy en día fueran simples modelos victorianos con un estilo actualizado”. La conclusión a la que llegó Marr fue que la novela –tal como ocurrió anteriormente con “la sinfonía, el ballet, el arte figurativo o la cerámica esmaltada”– podría haber perdido ya su esplendor: “… las grandes obras, el tiempo de los descubrimientos, está muerto y no puede ser reabierto” (“Death of the Novel”, The Observer 27 de Mayo de 2001). En “The Literature of Exhaustion”, John Barth ya había pronosticado cómo “las ultimidades sentidas de nues- tro tiempo” (por ejemplo, el mismísimo final de la novela como “forma artística mayor”, tal como mencionaba Marr) podrían convertirse en alimento para obras futuras. En este sentido, Iyer da en el clavo. En su opinión, no estamos escribiendo las páginas finales de la literatura (su conclusión) sino más bien su “epílogo”: la nuestra es “una literatura después de la literatura”. Mientras que los poetas Románticos de Bloom se sentían “subsidiarios” frente a sus ilustres predecesores, Iyer cree que hemos llegado demasiado tarde, y punto. La literatura hoy en día ya no es “la Cuestión en sí misma, sino la Cuestión que se ha desvanecido”. La tarea del escritor es “conjurar al fantasma” de una tradición que se ha dado por vencida. De este modo, las novelas de Tom McCarthy, Lee Rourke o el propio Iyer no son tanto la evidencia de un revival del nouveau roman, sino ejemplos de un nuevo tipo de ficción ontológica que explora las posibilidades perdidas del Modernismo.

Según Kathleen Fitzpatrick, la muerte de la novela ha sido utilizada por los novelistas como un ardid para garantizar su supervivencia (The Anxiety of Obsolescence: The American Novel in the Age of Television, 2006). Nos queda comprobar si, como afirma Iyer, nos hemos adentrado en una era post-literaria, o si por el contrario, la crónica acerca de la muerte de la literatura ha sido magnificada una vez más.

Una versión reducida de este artículo fue publicada en el periódico británico The Guardian, el 10 de enero de 2012, con el título “In Theory: the Death of Literature”.










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Nothing At All

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This review of Jean-Yves Jouannais’s Artistes sans oeuvres: I Would Prefer Not To appeared in the Times Literary Supplement dated 25 September 2009 (No 5556, p. 30):

Nothing At All

With his bovine-sounding surname, Félicien Marboeuf (1852-1924) seemed destined to cross paths with Flaubert. He was the inspiration for the character of Frédéric Moreau in L’Education sentimentale, which left him feeling like a figment of someone else’s imagination. In order to wrest control of his destiny, he resolved to become an author, but Marboeuf entertained such a lofty idea of literature that his works were to remain imaginary and thus a legend was born. Proust — who compared silent authors à la Marboeuf to dormant volcanoes — gushed that every single page he had chosen not to write was sheer perfection.

Or did he? One of the main reasons why Marboeuf never produced anything is that he never existed. Jean-Yves Jouannais planted this Borgesian prank at the heart of Artistes sans oeuvres when the book was first published in 1997. The character subsequently took on a life of his own, resurfacing as the subject of a recent group exhibition and, more famously, in Bartleby & Co., Enrique Vila-Matas’s exploration of the “literature of the No”. Here the Spanish author repays the debt he owes to Jouannais’s cult essay (which had been out of print until now) by prefacing this new edition.

Marboeuf has come to symbolize all the anonymous “Artists without works” past and present. Through him, Jouannais stigmatizes the careerists who churn out new material simply to reaffirm their status or iinflate their egos, as well as the publishers who flood the market with the “little narrative trinkets” they pass off as literature on the three-for-two tables of bookshops. In so doing, he delineates a rival tradition rooted in the opposition to the commodification of the arts that accompanied industrialization. A prime example is provided by the fin-de-siècle dandies who reacted to this phenomenon by producing nothing but gestures. More significantly, Walter Pater’s contention that experience — not “the fruit of experience” — was an end in itself, led to a redefinition of art as the very experience of life. A desire to turn one’s existence into poetry — as exemplified by Arthur Cravan, Jacques Vaché or Neal Cassady — would lie at the heart of all the major twentieth-century avant-gardes. “My art is that of living”, Marcel Duchamp famously declared, “Each second, each breath is a work which is inscribed nowhere, which is neither visual nor cerebral; it’s a sort of constant euphoria.”

Jouannais never makes the absurd claim that creating nothing is better than creating something: like Emil Cioran, he has little time for what he calls the “failure fundamentalists”. He does not dwell on the Keatsian notion (also found in Rousseau and Goethe) that unheard melodies are sweeter, or wonder why the attempts at a merger between life and art have so often resulted in death. Jouannais’s “Artists without works” are essentially of a sunny disposition. They are dilettantes, driven solely by their own enjoyment; cultural skivers who never feel that they owe it to posterity, let alone their public, to be productive. They let time do its work and are often militantly lazy — like Albert Cossery, the francophone writer of Egyptian origin who, on a good day, would fashion a single carefully crafted sentence, or the American artist Albert M. Fine who is quoted as saying: “If I did anything less it would cease to be art”. It is this divine indolence which differentiates Artistes sans oeuvres from darker essays on the subject.

Some of the most interesting passages in the book concern those larger-than-life figures (Félix Fénéon, Arthur Cravan, Jacques Vaché, Jacques Rigaut, Roberto Bazlen) who entered the literary pantheon as characters in other writers’ novels rather than through their own. Cravan, Vaché and Cassady — who embodied respectively the spirits of Dada, Surrealism and Beat — published virtually nothing during their lifetimes. Naturally, phantom works abound here, from Stendhal’s numerous unfinished novels to the unpublished manuscripts of the Brautigan Library (modelled on the library in Richard Brautigan’s The Abortion) through to Roland Barthes’s criticism, which provided him with the perfect excuse not to write the novel he dreamed of. Jouannais also considers summarizers such as Fénéon, whose “elliptical novels” were no longer than haiku, or Borges, who compiled synopses of fictitious novels so that no one would have to waste time writing or reading them. In fact, the Argentinian’s entire oeuvre — haunted as it is by the possibility of its own silence — is reinterpreted as a paradoxical “pre-emptive production” designed to spare the already overcrowded bookshelves of the Library of Babel. Borges’s Pierre Ménard (along with Bouvard, Pécuchet and Bartleby) is, of course, one of the patron saints of the copiers, another category surveyed in these pages. The destroyers (Virgil, Kafka, Bruno Schulz et al.) who seek to cover their aesthetic tracks only get a brief look-in, Jouannais being more interested in the long line of erasers starting with Man Ray’s 1924 “Lautgedicht” (an obliterated poem) and including such works as Robert Rauschenberg’s “Erased de Kooning Drawing”, Yves Klein’s infamous empty exhibition or Walter Ruttmann’s “blind” film. The author argues convincingly — in a style both eloquent and elegant — that Cravan’s proto-Dadaist provocations, Rigaut’s suicide or Brautigan’s notorious kitchen shoot-outs should be construed as poetic gestures in their own right. Deliberately misquoting Flaubert, he concludes that the works of these so-called “Artists without works” are “present everywhere and visible nowhere”, which may explain why they are so often misunderstood.

Can Artists Create Art By Doing Nothing?

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This appeared in the Art and Design section of the Guardian website on 1 June 2009:

Can Artists Create Art by Doing Nothing?

Félicien Marboeuf, a fictitious author who never wrote a book, is the inspiration for a new exhibition. Andrew Gallix celebrates artists who have turned doing very little into an art form

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More than 20 artists will pay homage to Félicien Marboeuf in an eclectic exhibition opening in Paris next week. Although he’s hardly a household name, Marboeuf (1852-1924) inspired both Gustave Flaubert and Marcel Proust. Having been the model for Frédéric Moreau (Sentimental Education), he resolved to become an author lest he should remain a character all his life. But he went on to write virtually nothing: his correspondence with Proust is all that was ever published — and posthumously at that. Marboeuf, you see, had such a lofty conception of literature that any novels he may have perpetrated would have been pale reflections of an unattainable ideal. In the event, every single page he failed to write achieved perfection, and he became known as the “greatest writer never to have written”. Heard melodies are sweet, but those unheard are sweeter, wrote John Keats.

Jean-Yves Jouannais, the curator of this exhibition, had already placed Marboeuf at the very heart of Artistes sans Oeuvres (Artists without Works), his cult book that first appeared in 1997 and has just been reprinted in an expanded edition. The artists he brings together all reject the productivist approach to art, and do not feel compelled to churn out works simply to reaffirm their status as creators. They prefer life to the dead hand of museums and libraries, and are generally more concerned with being (or not being) than doing. Life is their art as much as art is their life — perhaps even more so.

Jouannais believes that the attempt at an art-life merger, which so preoccupied the avant garde of the 20th century, originated with Walter Pater‘s contention that experience, not “the fruit of experience”, was an end in itself. Oscar Wilde’s nephew, the fabled pugilist poet Arthur Cravan — who kick-started the dada revolution with Francis Picabia before disappearing off the coast of Mexico — embodied (along with Jacques Vaché or Neal Cassady) this mutation. Turning one’s existence into poetry was now where it was at.

“I like living, breathing better than working,” Marcel Duchamp famously declared. “My art is that of living. Each second, each breath is a work which is inscribed nowhere, which is neither visual nor cerebral; it’s a sort of constant euphoria.” The time frame of the artwork shifted accordingly, from posterity — Paul Éluard‘s “difficult desire to endure” — to the here and now. Jouannais celebrates the skivers of the artistic world, those who can’t be arsed. “If I did anything less it would cease to be art,” Albert M Fine admitted cheekily on one occasion. Duchamp also prided himself on doing as little as possible: should a work of art start taking shape he would let it mature — sometimes for several decades — like a fine wine.

Phantom works abound in Jouannais’s book, from Harald Szeemann‘s purely imaginary Museum of Obsessions to the recreation of fictitious exhibitions by Alain Bublex through Stendhal‘s numerous aborted novels or the Brautigan Library‘s collection of rejected manuscripts. There is of course the case of Roland Barthes, whose career as a theorist was partly a means of not writing the novel he dreamed of (Vita Nova). One of my favourite examples is Société Perpendiculaire, co-created by Jouannais with Nicolas Bourriaud and others in the early 80s. This “hyperrealistic bureaucratic structure”, dedicated to the “poetry of virtual events”, had no other function but to produce reams of administrative texts pertaining to projects that would never see the light of day.

The Société Perpendiculaire would have provided a perfect working environment for Flaubert’s cretinous copyists Bouvard and Pécuchet, whose influence looms large in these pages. Just as Jorge Luis Borges‘s Pierre Menard rewrites Don Quixote verbatim, Gérard Collin-Thiébaut set about copying Sentimental Education in its entirety in 1985. Sherrie Levine also reduced artistic production to reproduction by signing famous paintings or photographs by other artists. Erasure is an even more common strategy. Man Ray set the tone with Lautgedicht (1924), his painting of a poem with all the words blanked out, which anticipated Emilio Isgrò’s Cancellature of the 1960s. The most famous examples here are Robert Rauschenberg‘s Erased de Kooning Drawing (1953) and Yves Klein‘s infamous empty exhibition (1958).

Jouannais’s artists without works are essentially of a sunny disposition, totally at odds with the impotent rage of the “failure fundamentalists”, as he calls them.

Displaying a wealth of material — paintings, sketches, collages, photographs and installations — the exhibition focuses on Marboeuf the man rather than the author. Marboeuf as a beautiful child; in middle age, bald as a coot, with a creepy-looking smile on his face; Marboeuf looking suspiciously Proustian on his death bed; Marboeuf’s grave … This biographical angle is hardly surprising given the author’s limited output, but rather more so when you consider that he is purely a figment of Jouannais’s imagination.

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Can artists create art by doing sod all? That’s the question raised in my latest piece for the Guardian‘s website:

“…Jouannais believes that the attempt at an art-life merger, which so preoccupied the avant garde of the 20th century, originated with Walter Pater‘s contention that experience, not “the fruit of experience”, was an end in itself. Oscar Wilde’s nephew, the fabled pugilist poet Arthur Cravan, who kick-started the dada revolution with Francis Picabia before disappearing off the coast of Mexico – embodied (along with Jacques Vaché or Neal Cassady) this mutation. Turning one’s existence into poetry was now where it was at. ‘I like living, breathing better than working,’ Marcel Duchamp famously declared. ‘My art is that of living. Each second, each breath is a work which is inscribed nowhere, which is neither visual nor cerebral; it’s a sort of constant euphoria.'”

More here.

A Reader’s Guide to the Unwritten

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This appeared on the Guardian Books Blog on 26 February 2008:

A Reader’s Guide to the Unwritten

Modernism’s strong, silent types not only redefined the purpose of literature – they saved on paper, too

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“Neither am I,” quipped Peter Cook, when a fellow partygoer boasted that he was working on a novel. There is far more to this bon mot than meets the eye, as George Steiner‘s My Unwritten Books illustrates. In fact, the “non genre” lies at the very heart of literary modernity. Blaise Cendrars, for instance, toyed with the idea of a bibliography of unwritten works. Marcel Bénabou went one step further by publishing a provocative volume entitled Why I Have Not Written Any of My Books. In this manifesto of sorts, the anti-author argues that the books he has failed to write are not “pure nothingness”: they actually exist, virtually, in some Borgesian library of phantom fictions. This is precisely what Steiner means when he states that “A book unwritten is more than a void.” But what prompts writers to withhold themselves at the conception?

Some say that everything has already been said (La Bruyère et al); others have spoken of the futility of writing in the shadow of Joyce (Sollers) or in the wake of the Holocaust (Adorno) and 9/11 (McInerney). At a more fundamental level, as Tom McCarthy recently reasserted, literature is “always premised on its own impossibility”. Kafka even went as far as to state that the “essential impossibility of writing” is the “only thing one can write about”. Or not. Taking their cue from Rousseau (“There is nothing beautiful except that which does not exist”) the proponents of the “literature of the No” (or “workless artists” as Jean-Yves Jouannais calls them) prefer to abstain rather than run the risk of compromising their perfect vision. Written books are sweet, but those unwritten are sweeter.

This sense of creative impotence stems in part from a dual historical process which deified authors while defying the very authority of their authorship. In Europe, writers and artists were called upon to fill the spiritual vacuum left by the growing secularisation of society. For a while, the alter deus stood above his handiwork, paring his fingernails, but then “I” — the “onlie begetter” — became another, the signifier dumped the signified, and it all went pear-shaped. To compound matters, the gradual relaxation of censorship laws proved that the unsayable remained as elusive as ever when everything could be said.

The realisation that, at best, writers could only hope to dress old words new and recreate what was already there led to a spate of literary eclipses. Hofmannstahl’s Lord Chandos, who renounces literature because language cannot “penetrate the innermost core of things”, epitomises this mute mutiny instigated (in real life) by Rimbaud. Wittgenstein would later insist that the most important part of his work was the one he had not written, presumably because it lay beyond his coda to the Tractatus: “Whereof one cannot speak, thereof one must be silent.”

Keeping stum and tuning in to the roar on the other side of silence was a soft option. Dostoevsky’s Kirilov — who attempts to defeat God by desiring his own humanity and therefore his own mortality and death — heralded a wave of phantom scribes. Forced to recognise that divine ex nihilo creation was beyond their grasp, writers such as Marcel Schwob came to the conclusion that the urge to destroy was also a creative urge — and perhaps the only truly human one.

Authors, of course, have always been tempted to destroy works which failed to meet their impossibly high standards (vide Virgil), but never before had auto-da-fé been so closely related to felo-de-se. The Baron of Teive (one of Pessoa‘s numerous heteronyms) destroys himself after destroying most of his manuscripts because of the impossibility of producing “superior art”. In Dadaist circles, suicide even came to be seen as a form of inverted transcendence, a rejection of the reality principle, an antidote to literary mystification as well as a fashion. “You’re just a bunch of poets and I’m on the side of death,” was Jacques Rigaut‘s parting shot to the Surrealists. Like him, Arthur Cravan, Jacques Vaché, Danilo Kupus, Boris Poplavsky, Julien Torma and René Crevel all chose to make the ultimate artistic statement. The rest, of course, is silence.