On the Slow Writing Movement

Eva Orúe, “Slowhand es un artista, pero no (siempre) el que crees,” infoLibre 19 March 2017:

Cierto es que escribir no es lo que era. Trabajar con ordenadores y procesadores de texto permite a los autores juntar palabras más rápido que nunca, e Internet les brinda la oportunidad de publicar de manera instantánea, sin esperar a que un editor dé el plácet a tu texto. Consecuencia de lo cual es, sostiene el escritor Andrew Gallix, que lo que hoy pasa por narrativa publicable, “hace sólo unos años habría sido considerado si acaso como un borrador temprano”. De ahí que su propuesta de crear un Slow Writing Movement (SWM) a imagen (literaria) del fenómeno Slow Food, lanzada medio en serio medio en broma, quizá merezca una nueva oportunidad.

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La influencia de la ansiedad

This article, translated by Iris Bernal, appeared in Función Lenguaje 2 (summer 2012)

La influencia de la ansiedad

“Llegamos demasiado tarde para decir algo que no se haya dicho ya” se lamentaba La Bruyère a finales del siglo XVII. El hecho de que el propio La Bruyère
llegara tarde al afirmar esto (el Eclesiasta y Terencio ya se habían adelantado a él en los siglos III y II AC) venía a demostrar su aserto. Según la precuela de Macedonio Fernández, anterior al Génesis, siempre hemos llegado demasiado tarde. Este autor imagina lo que bien podría haber sucedido cuando Dios estaba a punto de crear el universo. De pronto, una voz clama en el desierto, interrumpiendo el eterno silencio del espacio infinito, la misma que aterra a Pascal: “Todo ha sido escrito, todo ha sido dicho, todo ha sido hecho”, se lamenta. El Todopoderoso, que ya ha escuchado esto con anterioridad, sigue adelante sin darle importancia, dando sentido a la famosa ocurrencia de André Gide: “Todo está ya dicho, pero como nadie escucha, hay que volverlo a decir” (Le Traité du Narcisse, 1891). En el principio fue el verbo, y el verbo es anterior al principio mismo.

En su obra más influyente, The Anxiety of Influence (1973), Harold Bloom argumentaba que los grandes poetas románticos malinterpretaron a sus ilustres predecesores “con el fin de liberar un espacio imaginativo para sí mismos”. La figura del padre literario se asesinaba, metafóricamente hablando, a través de un proceso de “transgresión poética”. T.S. Eliot ya había expresado una idea similar a propósito de la de Philip Massinger: “Los poetas inmaduros imitan; los poetas maduros roban; los malos poetas desfiguran lo que toman, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente” (1920). Borges, discípulo de Macedonio, al cual Bloom hace referencia, compartía la misma longitud de onda (aunque en el extremo opuesto del dial) cuando exclamaba que “cada escritor crea sus propios precursores” (1951).

Según Bloom, este sentimiento de inferioridad es, más que un fenómeno característico del Renacimiento, el motor principal de la historia de la literatura: “Llegar tarde no me parece en absoluto una condición histórica, sino una situación que pertenece al hecho literario como tal”. A lo largo de los siglos, la creación literaria ha sido siempre un diálogo de dos direcciones entre el pasado y el presente (el primero subsiste en el segundo; el segundo arroja luz sobre el primero). En sus Essais (1580), Montaigne ya se quejaba de la multiplicación de exégesis parasitarias: “Es más laborioso interpretar las interpretaciones que interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro tema: no hacemos más que parafrasearnos unos a otros”. George Steiner, otro crítico sincero de “el Leviatán de papel del discurso secundario”, sostiene que la forma más elevada de paráfrasis se halla en la propia literatura: “Cuando el poeta critica al poeta desde el interior del poema, la hermenéutica lee el texto viviente que Hermes, el mensajero, ha traído del reino de los muertos inmortales” (Real Presences, 1989). Esto implica que la creación literaria no trata sobre la expresión del yo, sino sobre la recepción y la transmisión. “El verdadero poeta es hablado por el lenguaje, el poeta es el médium elegido, por decirlo así, en virtud de su naturaleza osmótica, permeable, gracias a lo que Keats denomina su ‘capacidad negativa’. Antes de ser nuestro, el acto de recepción es el del artista-creador” (Grammars of Creation, 2001). Lo que llama la atención es que Steiner, cuya concepción de la literatura deriva de sus creencias religiosas, debería estar totalmente de acuerdo, en este punto, con Tom McCarthy, que viene, por decirlo de alguna manera, del otro lado de las barricadas. Para el autor de C (2010) -una novela que versa sobre la ficción como recepción y transmisión-, “el escritor es un receptor y el contenido ya está ahí. La tarea del escritor es filtrarlo, ejemplificarlo y remezclarlo; no de forma aleatoria sino de forma consciente y atenta”. Dándole la vuelta a la cronología, él considera Finnegans Wake como el código fuente de la ficción anglófona: un nuevo comienzo, más que un hiato o un punto y aparte. Por supuesto, McCarthy es un gran admirador de Maurice Blanchot, quien afirma en La Part du Feu que “la literatura, al igual que el discurso cotidiano, comienza con el final”; con lo que quiere decir la muerte (como posibilidad o imposibilidad). Si la literatura comienza con el final, concluye con el principio ya que la creación literaria, bajo su punto de vista, es una búsqueda maldita de su fuente de inspiración. Así como Orfeo no puede evitar mirar atrás para ver a Eurídice en la oscuridad del Hades (y de esta forma perderla para siempre) el escritor sacrifica su obra para permanecer fiel a su origen dionisíaco y oscuro. A la pregunta “¿dónde va la literatura?”, Blanchot nos da la siguiente respuesta: “La literatura va hacia ella misma, hacia su esencia, la cual es su desaparición” (Le Livre à Venir, 1959). El “contenido” está “ahí fuera” -siempre ahí- toda la literatura es “paráfrasis”: “¿Quién estaría interesado en un discurso nuevo y no transmitido? Lo importante no es contar, sino volverlo a contar, y en esta repetición, contarlo de nuevo como si fuera la primera vez” (L’Entretien Infini, 1969). Los escritores modernos deben “comenzar de cero en cada ocasión” mientras que sus ancestros simplemente tenían que “rellenar una forma dada” (Gabriel Josipovici, What Ever Happened to Modernism?). La imposibilidad de empezar de cero (la ausencia de una “primera vez” definitiva) significa que la literatura fracasa al comenzar una y otra vez, como si se tratara de una compulsiva repetición inducida de forma traumática. En otras palabras, no cesa de acabar. La novela, dice Tom McCarthy, ha estado “viviendo su propia muerte” desde Don Quijote; la “experiencia del fracaso” es parte integral de su ADN. Si no estuviera muriendo, no estaría viva.

Escribiendo para el New York Review of Books en 1965, Frank Kermode afirmó que “el destino específico de la novela, considerada como un género, es el de estar siempre muriendo”. Y proseguía afirmando que la muerte de la novela era “el material sin el que la literatura moderna es inimaginable”. Esta cuestión de la muerte de la literatura es de hecho tan antigua como la propia literatura. Se puede rastrear hasta Juvenal y Tácito, pasando por David Shields, Samuel Richardson, y llegando a los escribas del fin-de-siècle. Para Richard B. Schwartz, el asunto empezó a torcerse en el Renacimiento tardío: “la Literatura en mayúsculas realmente murió con la aristocracia que la consumía” (After the Death of Literature, 1997). Según Steiner, el declive comenzó con la crisis lingüística que acompañó al auge de la novela. Después del siglo XVII (después de Milton), “la esfera del lenguaje” dejó de abarcar la mayor parte de la “experiencia y la realidad” (“The Retreat from the Word”, 1961). Las matemáticas se volvieron cada vez más difíciles de traducir al lenguaje; la pintura post-impresionista escapaba de toda verbalización; la lingüística y la filosofía destacaban el hecho de que las palabras se refieren a otras palabras… La proposición final del Tractatus (1921) de Wittgenstein atestigua esta intrusión de lo innombrable: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Tan solo cuatro años antes, Kafka había conjeturado que quizá hubiera sido plausible escapar al canto de las Sirenas, pero no a su silencio.

Harold Bloom tiene razón: llegar tarde no es simplemente una “condición histórica”. Después de todo, ya era uno de los temas principales del Quijote. Así como señala Gabriel Josipovici, “este sentimiento de haber llegado, de algún modo, demasiado tarde, de haber perdido para siempre algo que alguna vez fue una posesión común, es una preocupación clave, la preocupación fundamental del Romanticismo” (What Ever Happened to Modernism?, 2010). En contra del ambiente de deterioro de la confianza en los poderes del lenguaje -igual que el “desencanto del mundo” de Schiller se estaba volviendo más aparente, y la legitimidad del escritor, en un “tiempo destituido” (Hölderlin) de Dioses ausentes y Sirenas mudas, parecía cada vez más arbitraria- la literatura llegó a ser considerada como un “absoluto” (Phillipe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, L’Absolu Littéraire : Théorie de la littérature du romantisme allemand, 1968). Walter Benjamin describió de forma célebre el “lugar de nacimiento de la novela” como “el individuo en soledad”, un individuo aislado de la tradición que no puede reclamar ser el portavoz de la religión o la sociedad. Tan pronto como este “individuo en soledad” se elevaba al estatus de un alter deus, la tardanza esencial a toda la creatividad humana resultaba obvia. “Ninguna forma artística”, dice Steiner en Grammars of Creation (2001), “nace de la nada. Siempre viene después” y el “creador humano se enfurece ante [este] venir después, al ser, para siempre, segundo con respecto al misterio original y originador de la formación de la forma” (Real Presences, 1990). William Marx ha analizado con gran maestría cómo en Francia las desmedidas reivindicaciones para la literatura condujeron a esta decadencia prolongada. Esta evolución, de lo sublime a lo ridículo, tuvo lugar en tres etapas. A finales del siglo XVIII, la literatura se transformó en un sucedáneo de la religión. En una segunda etapa, marcada por la arrogancia, los escritores intentaron aislarse del resto de la sociedad (el arte por el arte) desencadenando de este modo un proceso de marginalización. En una última fase, la devaluación de la literatura (a los ojos del público en general) fue interiorizada por los propios escritores e incorporada a sus obras (L’Adieu à la Littérature. Histoire d’une dévalorisation XVIIIe-XXe siècles, 2005).

En sus Vorlesungen über die Ästhetik (compiladas en 1835), Hegel declaró, de manera brillante, que el arte se había transformado en “algo del pasado”. No quería decir con esto, como a menudo se ha creído, que el arte y la literatura estuviesen muertos, o incluso en decadencia, sino que no podían seguir transmitiendo de forma adecuada las más elevadas aspiraciones espirituales de la humanidad. En otras palabras, no podían seguir siendo el instrumento para expresar lo Absoluto. Influido por Hegel, Blanchot se pregunta: “¿Está el arte alcanzando su final? ¿Está pereciendo la poesía por haberse visto reflejada en sí misma, igual que aquel que muere después de contemplar a Dios?” (Le Livre à Venir). Si, como él propone en otro sitio, “la literatura surge en el momento en el que la literatura se convierte en una pregunta”, entonces la respuesta es no (La Part du Feu, 1949). Sin embargo, al transformarse en una pregunta, la literatura se transforma a su vez en su propia respuesta, por lo que ya no es capaz de sincronizarse consigo misma. Uno podría alegar que la literatura es entonces la distancia que la separa de sí misma. “Aquellos viejos tiempos”, anteriores al Génesis según Witold Gombrowicz, “cuando Rabelais escribía cómo un niño hacía pis contra el tronco de un árbol” habían acabado. “Retroceder al universo de los géneros literarios no es una opción”, ratifica Gabriel Josipovici, “como tampoco lo es un retorno al mundo del ancien régime” (What Ever Happened to Modernism?). Esta crisis de identidad se agravaba por una conciencia cada vez mayor de las limitaciones de la creación literaria. La literatura ya no sabía exactamente lo que era, pero sí sabía lo que no era, lo que ya no era capaz de hacer. “Ser moderno”, como declaró Roland Barthes, “es conocer lo que ya no es posible”. Es también anhelar esa imposibilidad, en la forma en la que Borges lo hacía en “el otro tigre, el que no está en el verso”. Tom McCarthy afirma que una novela es “algo que contiene su propia negación”, que clama contra sus propias limitaciones. Según este autor, la literatura es “un medio que sólo marcha cuando no funciona”: es “un fallo en el sistema, igual que un fallo en el ordenador”. “Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, como decía Beckett en Worstward Ho (1983). Para Blanchot, es precisamente esta imposibilidad esencial de la literatura (su incapacidad para convertirse en una instancia del Absoluto hegeliano) lo que la preserva como posibilidad. La obra está siempre por venir.

La potencialidad, el angustioso vértigo de la libertad, es fundamental para la modernidad literaria. Pierre Menard responde a la arbitrariedad de la ficción (puesta de relieve por la libertad creativa) reescribiendo palabra por palabra Don Quijote y, de este modo, convierte la contingencia en necesidad (“Pierre Menard, autor de El Quijote”, 1939). Otra respuesta a esta cuestión es la de Henry James, que permite al lector sentir “la narración como podría haber sido” tras “la obra construida y limitada a la que él da vida” (Le Livre à Venir). Una creciente reticencia a dar vida a cualquier obra, por muy limitada que sea, se hizo sentir desde el siglo XVIII en adelante. En Sygdommen til Døden (1849), Kierkegaard observó cómo “se hace cada vez más plausible porque nada se vuelve real”. Llevando esta lógica hasta el extremo, Rousseau afirma que “No hay nada más bello que lo que no existe”, mientras que Keats resaltaba la belleza innombrable de las melodías “no escuchadas” (“Ode on a Grecian Urn”, 1819). Una figura emblemática, como señala Dominique Rabaté (Vers une Littérature de l’épuisement, 1991) es el “demonio de la posibilidad” lui-même: Monsieur Teste de Valéry, que se niega a reducir el campo de posibilidades convirtiendo cualquiera de ellas en realidad. Es un claro precursor del Ulrich de Musil -el epónimo Der Mann ohne Eigenschaften (1930-42)- al cual Blanchot describe como alguien que “no dice que no a la vida sino que aún no, quien finalmente actúa como si el mundo no pudiera nunca empezar excepto al día siguiente”. Otra figura representativa es Lord Chandos, de Hofmannstahl, el cual, habiendo renunciado a la literatura porque el lenguaje no puede “penetrar en el núcleo más íntimo de las cosas”, llegó a personificar un motín mudo instigado (en la vida real) por Rimbaud (Ein Brief “Lord Chandos”, 1902). Estos escritores cada vez más reticentes, los cuales, como el Bartleby de Melville, “preferirían no hacerlo” (“Bartleby, the Scrivener”, 1853), son los que Jean-Yves Jouannais denominó “artistas sin obra” (Artistes sans oeuvres, 1997); los partidarios de lo que Enrique Vila-Matas denomina la “literatura del no” (Bartleby y compañia, 2000).

La literatura ha ido muriendo inexorablemente a lo largo del siglo XX. En 1925, José Ortega y Gasset escribió sobre el “declive” de la novela. En 1930, Walter Benjamin afirmaba que estaba en “crisis”. Theodor W. Adorno creía que no podía haber poesía después de Auschwitz. En 1959, Brion Gysin (el de los “cut-ups”) se quejaba de que la ficción llevaba un retraso de cincuenta años con respecto a la pintura. A principios de los ‘60, Alain Robbe-Grillet criticó la momificación de la novela en su encarnación del siglo XIX. En 1967, John Barth publicó “The Literature of Exhaustion”, texto en el que hablaba de “la extenuación de determinadas formas o el agotamiento de determinadas posibilidades”. Ese mismo año, Gore Vidal diagnosticó que la novela estaba exhalando su último aliento. “Debemos continuar durante mucho tiempo hablando de obras y escribiéndolas, haciendo como que no nos damos cuenta de que la iglesia está vacía y que los feligreses se han ido a otra parte, a ocuparse de otros dioses”. En 1969, Ronald Sukenick publicó una colección de relatos breves titulada The Death of the Novel. A comienzos de los ‘70, el Nuevo Periodismo de Tom Wolfe fue considerado por algunos como el futuro de la escritura creativa. La muerte de la literatura y el mundo tal y como lo conocemos hoy en día, se convirtió en un tema de actualidad entre los académicos estadounidenses a principios de los ‘90 (ver, por ejemplo, la obra de Alvin Kernan titulada con gran acierto The Death of Literature, 1992). Habitualmente, argumentaban que los Departamentos de Inglés habían sido secuestrados por los estudios culturales, la Filosofía Continental y la corrección política enloquecida (a la que Bloom ha denominado “Escuela del Resentimiento”).

Desde entonces, han ocurrido dos cosas. La novela -que fue creada con el propósito de fusionar la poesía y la filosofía (según los primeros Románticos alemanes), de contener los demás géneros e incluso, el universo entero (siguiendo la concepción de Mallarmé acerca de El Libro o el sueño de Borges de una “Biblioteca Total”)- ha sido relegada a la “ficción”, un género que aborda la creación literaria como si el siglo XX nunca hubiera existido. Al mismo tiempo, la era digital ha llevado el exceso de información (del cual ya se quejaba en su momento el Eclesiasta) a un nivel completamente nuevo. Como consecuencia de esto, David Shields cree que la novela ya no está capacitada para reflejar la compleja vitalidad de la vida moderna: él prescribe nuevas formas híbridas de escritura (Reality Hunger, 2010). El poeta estadounidense (y fundador de UbuWeb) Kenneth Goldsmith nos pide encarecidamente que dejemos de escribir del todo para centrarnos en recombinar los textos que hemos ido acumulando a lo largo de los siglos (Uncreative Writing, 2011). Trasladando el retrato que James Joyce hizo de sí mismo como “el hombre del corta y pega” a la era digital, Mark Amerika afirma que hoy en día todos somos “remezcladores”. Sin embargo, ¿qué ocurriría si, tal como se preguntaba Lewis Carroll, las combinaciones de palabras fueran limitadas y ya las hubiéramos utilizado todas?

Según Steiner, somos “agonistas”, “vamos rezagados”: “No tenemos más comienzos” (Grammars of Creation). Para nosotros, el lenguaje “está desgastado por el uso” y el “sentido de revelación, de profuso conocimiento” exhibido por los escritores del periodo Tudor, Isabelino y Jacobeo “nunca ha vuelto a ser plenamente recuperado”. En vísperas de los innombrables horrores de la Segunda Guerra Mundial, Adorno ya sentía que “los cadáveres de las palabras, palabras fantasmales” era todo lo que habíamos dejado. El lenguaje se había corrompido, irremediablemente arruinado por “el uso de la tribu” (Mallarmé). ¿Es que acaso ya no podemos seguir el mandato de Ezra Pound de “hacerlo nuevo”?

“Incluso la propia originalidad ya no es capaz de sorprendernos”, escribe Lars Iyer en un destacable ensayo publicado recientemente por The White Review. Según este novelista y catedrático de filosofía, vivimos en “una era de palabras sin precedente” pero en la cual los Novelistas Importantes han dado paso a “una legión de escribas”. La literatura tan sólo sobrevive como ficción literaria kitsch: una “parodia de estilos pasados”; “una pantomima de sí misma”. Este es un terreno que Andrew Marr ha revisitado a comienzos del siglo XXI. La novela, hoy en día, “no reivindica ampliar los límites del modo en que entendemos el mundo” y se encuentra anclada a finales del siglo XIX: “Los cientos de buenos artesanos de la novela, que aprendieron de forma laboriosa y detallada las lecciones acerca de la construcción de la trama y los personajes, dónde ser recargados y cuándo lacónicos, se han convertido en réplicas modernas de máquinas pensantes llevadas a su máximo nivel de desarrollo hace un siglo. Es como si el motor de combustión interna hubiera sido perfeccionado en 1870 y todos los coches de hoy en día fueran simples modelos victorianos con un estilo actualizado”. La conclusión a la que llegó Marr fue que la novela –tal como ocurrió anteriormente con “la sinfonía, el ballet, el arte figurativo o la cerámica esmaltada”– podría haber perdido ya su esplendor: “… las grandes obras, el tiempo de los descubrimientos, está muerto y no puede ser reabierto” (“Death of the Novel”, The Observer 27 de Mayo de 2001). En “The Literature of Exhaustion”, John Barth ya había pronosticado cómo “las ultimidades sentidas de nues- tro tiempo” (por ejemplo, el mismísimo final de la novela como “forma artística mayor”, tal como mencionaba Marr) podrían convertirse en alimento para obras futuras. En este sentido, Iyer da en el clavo. En su opinión, no estamos escribiendo las páginas finales de la literatura (su conclusión) sino más bien su “epílogo”: la nuestra es “una literatura después de la literatura”. Mientras que los poetas Románticos de Bloom se sentían “subsidiarios” frente a sus ilustres predecesores, Iyer cree que hemos llegado demasiado tarde, y punto. La literatura hoy en día ya no es “la Cuestión en sí misma, sino la Cuestión que se ha desvanecido”. La tarea del escritor es “conjurar al fantasma” de una tradición que se ha dado por vencida. De este modo, las novelas de Tom McCarthy, Lee Rourke o el propio Iyer no son tanto la evidencia de un revival del nouveau roman, sino ejemplos de un nuevo tipo de ficción ontológica que explora las posibilidades perdidas del Modernismo.

Según Kathleen Fitzpatrick, la muerte de la novela ha sido utilizada por los novelistas como un ardid para garantizar su supervivencia (The Anxiety of Obsolescence: The American Novel in the Age of Television, 2006). Nos queda comprobar si, como afirma Iyer, nos hemos adentrado en una era post-literaria, o si por el contrario, la crónica acerca de la muerte de la literatura ha sido magnificada una vez más.

Una versión reducida de este artículo fue publicada en el periódico británico The Guardian, el 10 de enero de 2012, con el título “In Theory: the Death of Literature”.










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An article of mine, entitled “La influencia de la ansiedad” (“The Influence of Anxiety”), appears in the second issue of Revista Multidisciplinar de Función Lenguaje, a free journal published by Función Lenguaje, Madrid’s applied literature centre (centro de literatura aplicade de Madrid).

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Inés Martin Rodrigo mentions me in “Alunizaje perfecto de la armada offbeat” which appeared in Spanish daily ABC on 26 March 2009:

“Alunizaje perfecto de la armada offbeat”
La generación literaria más transgresora de los últimos años acaba de aterrizar en España. Heidi James, Tony O’Neill y Gerry Feehily ejercen ya de abanderados con sus primeras novelas en castellano.

La generación offbeat no tiene reglas y tampoco desea tenerlas. Su desembarco en la industria editorial española, observado con curioso escepticismo (por no decir morbo inquisitivo) desde las alturas literarias, desencadenó una extraña metamorfosis en la que ellos, potenciales alienígenas de la narrativa, se convirtieron en maestros del lenguaje y dejaron su nave espacial aparcada en el bar de la esquina, donde todos terminamos parando.

Heidi James, una joven escritora británica con pinta menuda y una extraordinaria lucidez en la oratoria, ha tenido el excelso honor de abanderar en España el aterrizaje (no forzoso) de una generación que, curiosamente, reniega del sistema al que tanto ha enseñado durante estos escasos días de lecturas y conversación.

Ha recalado en Madrid para presentar su primera novela en castellano, «Carbono» (Ed. El Tercer Nombre), el relato de un personaje que, en palabras de la propia Heidi, «está roto y por eso tiene una sexualidad subversiva, es como el síntoma de una enfermedad». La autora offbeat confiesa que su objetivo era «crear un personaje que se disolviera, que estuviera rompiéndose en pedazos y completamente inmoral». Objetivo alcanzado, pues la lectura de «Carbono» resulta tan explícitamente dolorosa como vehemente para comprender la posición de la mujer en la actual sociedad.

Ausencia de voces femeninas

Una mujer que, para nostalgia (y sucinto cabreo) de Heidi James (feminista confesa y practicante), prácticamente no existe en la generación offbeat salvo en el caso de la propia Heidi y de Adelle Stripe (fundadora del grupo poético «The Brutalists» junto a Ben Myers y Tony O’Neill). No obstante, tras enamorarse de las palabras al escuchar con tres añitos una conversación en la «habitación (nunca) propia» de su abuela y su madre, Heidi decidió dedicarse en cuerpo y sobre todo alma a la escritura.

«Crecí leyendo a Lynn Tillman, Clarice Lispector, Marie Darrieusecq, Angela Carter o Virginia Woolf. Siempre intento comunicar el realismo subjetivo de mis personajes, desestabilizar las modalidades que existen a nivel social, explorar diferentes modos de ser». Exploración que siempre lleva a cabo, con metódica y obsesiva obediencia, entre las nueve y media de la mañana y las cuatro de la tarde, aunque estos días haya visto agradablemente interrumpida su actividad para darnos a conocer «Carbono».
En este paseo literario por nuestro país Heidi James ha ido de la mano de Gerry Feehily, un reciente descubrimiento offbeat de Andrew Gallix (editor de «3:AM Magazine») en Francia cuya primera novela en castellano, «Fiebre», pronto veremos publicada. Sabemos a lo que han venido: «Queremos derribar las barreras que hoy en día existen en el mundo literario y examinar la vida en todas sus formas, lo que significa ser humano. La literatura de masas es decadente e inmmoral, también la española». Y, a juzgar por las señales, lo van a conseguir.

Las señales adecuadas

Una señales que han llegado a oídos de gente tan poco relacionada con la cultura de masas como Matt Elliott (está estos días en nuestro país presentando su último trabajo, «Howling Songs»), Nacho Vegas (recien llegado del «South by South West Festival» tejano), Rafa Cortés (en un break neoyorquino) o el mismísimo José Luis Cuerda. Ellos no fueron los únicos en seguir con atención los primeros pasos de la generación offbeat en España, pues una nutrida legión de no alienados fanáticos de la literatura de calidad escucharon con atención sus palabras, performances y lecturas en Madrid. Todo ello amenizado con música de raíz offbetiana como Primal Scream, The Brian Jonestown Massacre, los Ramones, My Bloody Valentine o The Velvet Underground.

Frescos, demoledores, ofensivos, renovadores, ambiciosos, desaprensivos, sin prejuicios, talentosos, genuinos y enganchados a la más adictiva de las drogas: la literatura. Así es la generación offbeat, privilegiados yonquis de la literatura sin pelos en la lengua. En España hemos sido testigos del aterrizaje de la primera hornada, pero el terremoto offbeat está por llegar.

¿Qué piensan de España el resto de offbeat?

Lee Rourke: «Los offbeats son una masa reaccionaria de disidentes literarios que simplemente quieren escuchar una nueva voz; nos hemos desarrollado, poco a poco, con nuestras propias condiciones y nunca nos hemos plegado a las demandas de los grandes conglomerados (no nos importa lo que piensen acerca de quiénes somos o lo que hacemos). Esto es un nuevo paso hacia adelante, un nuevo rumbo gracias al cual en España podréis descubrir a algunos de los escritores más apasionantes de nuestra generación».

Tao Lin: «Me encanta formar parte de la generación offbeat y estoy muy orgulloso y nervioso ante la posibilidad de que los offbeat empecemos a publicar en España».

Adelle Stripe: «Es maravilloso saber que los offbeat finalmente van a publicar en España. Siempre he pensado que existe un público objetivo para nuestra literatura en otros países y para alguien como Heidi James, una escritora a la que respeto muchísimo, es una oportunidad única a nivel internacional. Espero también que esto anime a otros offbeat españoles a escribirnos en respuesta. Sería un placer que nuestra literatura se leyese, digiriese y regresase a nosotros con pasión y firmeza».

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Inés Martin Rodrigo has published an in-depth article on the Offbeats in top Spanish daily ABC in which I — “el Rimbaud de la Red”! — am quoted at length:

Inés Martin Rodrigo, “‘Se lo que sea, estoy contra ello,” ABC 16 February 2009

Es el lema de un nuevo grupo de escritores anglosajones con sede en Internet que está revolucionando la industria editorial. No tienen reglas ni manifiestos, pero la Generación Offbeat reclama su lugar en la escena literaria

La industria editorial es aburrida, está embotada y estreñida, desprende un cierto tufillo rancio y amenaza con eliminar todo fragmento de imaginación que aún quede en la mente del lector menos conformista. No es una sentencia categórica de un crítico cabreado con el ultimo best seller que ha llegado a sus manos, ni siquiera la reflexión concienzuda de un intelectual con complejo de Nostradamus. Es el pensamiento y la bandera literario revolucionaria de un nuevo grupo de escritores con sede en la Web y que se (auto)definen como Generación Offbeat.

Qué menos se podía esperar de los potenciales sucesores de Charles Bukowski, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William S. Burroughs y compañía. Autores todos ellos enraizados en la libertad y el compromiso con ser fiel a uno mismo, filosofía de la que dieron buena cuenta en sus años de lucha literaria con las armas de las que disponían. Las armas de la razón hecha palabra y empleada en defensa de la paz, en contra de la Guerra de Vietnam o como sagaz discurso contra el recalcitrante conformismo de la sociedad de la época.

Una generación pegada a los libros

Los años han transcurrido y el discurso se ha transformado, al igual que las armas para evocarlo y defenderlo. Pero la raíz prendió con fuerza en una generación de jóvenes que creció leyendo el “Junky” de Burroughs, “uno de los mayores trabajos literarios sobre el mundo de la droga, al lograr algo que muchos libros que le siguieron fueron incapaces: habló del modo de vivir de un drogadicto”, en palabras de Tony O’Neill, escritor offbeat por excelencia. Y es que Burroughs describió el oscuro laberinto de la drogadicción sin ejercer de falso predicador para el lector, sin miedo a llamar a cada cosa por su nombre. Porque, le pese a quien le pese, un heroinómano no será nunca un pervertido al que adoctrinar. Así, llamando a las cosas por su nombre y leyendo, sobre todo leyendo, empapándose de los popes del movimiento beat fue como este grupo de autores fue regando su propio discurso.

Un discurso que se vertebra en un nuevo y excitante trabajo de ficción, que corre riesgos y que, cada vez con más intensidad, empieza a generar demanda en cuantos lectores se topan con él casi sin pretenderlo. Y es que, demasiado ácidos, diferentes y afilados para la industria editorial tradicional, la generación offbeat se esconde (de momento, aunque cada vez menos) en los amplios (y libres) márgenes de la Web y en alguna que otra editorial independiente.

El origen del movimiento

El primero en usar el término offbeat (y por tanto quien lo acuñó) fue Andrew Gallix, redactor jefe y responsable de la revista literaria online 3:AM Magazine (puestos a hacer comparaciones, valdría decir que sería algo así como el New Yorker de los offbeats). De eso hace ya casi tres años aunque, como el propio Andrew reconoce, “el movimiento llevaba bastante tiempo emergiendo. Es un poco lo que pasó con el punk o los nuevos románticos, al principio no tenían nombre por lo que mucha gente desconocía su existencia”.

Un desconocimiento que se fue disipando a medida que los grupos fueron proliferando en el ciberespacio. Eran escritores, guionistas, periodistas, bloggers, artistas… con un interés común por la literatura pura (sin artificios), que empezaron a gravitar alrededor de 3:AM y a organizar lecturas, conciertos e incluso festivales. “Fue en esos eventos donde comenzaron a establecerse las relaciones –explica Gallix-. La primera vez que fui consciente de que había aparecido un nuevo movimiento fue en el baño de Filthy Macnasty’s (uno de los pubs londinenses preferidos por Pete Doherty), cuando Lee Rourke (escritor y a la postre integrante de la Generación Offbeat) se abalanzó sobre mi y empezó a hablar de la enorme revolución literaria que habíamos iniciado. Aquello fue realmente el comienzo de todo”.

Un inicio virtualmente surrealista para un movimiento con integrantes de carne y hueso. Son muchos los offbeats que, incluso sin saberlo, engrosan la lista de esta generación pero, si hubiera que etiquetar al movimiento como tal cabría decir que se caracteriza por la variedad de voces y estilos y la ausencia de reglas (aquí no hay manifiestos). “A pesar de la diversidad, muchos escritores offbeat comparten características. La mayoría son británicos, treintañeros y creen que la escritura es mucho más que un mero entretenimiento”, enfatiza Gallix. Y sienten la música como elemento catalizador y de equilibrio.

Una lista repleta de talento

La lista es interminable y suena francamente bien. Noah Cicero (novelista estadounidense a medio camino entre Samuel Beckett y The Clash), Ben Myers (autor inglés mezcla de Richard Brautigan con Lester Bangs), Adelle Stripe (poeta londinense heredera del cinematográfico “realismo de fregadero” de Sidney Lumet), el propio Andrew Gallix (el Rimbaud de la Red), Tom McCarthy (novelista estadounidense afanado en la deconstrucción de una nueva idea de novela), HP Tinker (joven inglés al que comparan con Pynchon y Barthelme), Tao Lin (el aventajado protegido de Miranda July –a quien pronto veremos publicada en nuestro país gracias a Seix Barral-, con todo lo que eso supone hoy en día) y los primeros (parece que las grandes editoriales empiezan a tomar apuntes) que aterrizarán en España: Chris Killen, cuya novela “The Bird Room” será publicada este año por Alfabia, y Heidi James y Tony O’Neill, ambos con la editorial El Tercer Nombre.

Todos ellos influidos por el particular lirismo de Tom Waits, Lou Reed, Scott Walker o David Bowie, de la misma manera que estos sintieron la influencia de los autores de los que la Generación Offbeat es heredera. Aunque también están los que prefieren huir de las comparaciones. Tal es el caso de Heidi James, para quien la comparación es un poco “perezosa, basada en el hecho de que evitamos formar parte de la corriente principal”. Esta joven autora británica, que en marzo publicará su primera novela en España (“Carbono”, Ed. El Tercer Nombre) y que se confiesa fascinada por Lynne Tillman, Clarice Lispector, Marie Darrieussecq, Angela Carter o Virginia Woolf, es dueña de su propia editorial en Reino Unido, Social Disease. Con ella, que debe su nombre a la famosa frase de Andy Warhol -“Tengo una enfermedad social. Tengo que salir todas las noches”-, Heidi se ha convertido en uno de los estandartes de la Generación Offbeat al publicar “literatura única y genuina al margen de su valor en el mercado”.

Un movimiento coordinado

La propia Heidi James, en una prueba evidente de que el movimiento está coordinado y sabe hacia dónde se dirige, ha publicado en Reino Unido a autores como HP Tinker o Lee Rourke pero, sobre todo, a Tony O’Neill, el máximo exponente de los offbeats. Este joven neoyorquino, devoto de Bukowski, responsable de una prosa brutalmente descarnada, ex heroinómano, miembro de bandas como The Brian Jonestown Massacre, ha publicado ya cuatro novelas (la última, “Colgados en Murder Mile”, llegará a España en primavera) y se erige en líder (sin pretenderlo) del movimiento con ansias de seguir reclutando adeptos.

Como su propio nombre (offbeat) indica, una generación extraña e inusual de escritores, para los que la Red es su campo de acción, con espíritu punk y ganas de comerse la industria literaria tal y como ahora está concebida. El mundo anglosajón ya ha sido testigo de los primeros bocados. En España está al caer, ¡y ni siquiera es una generación! Que tiemble Zafón.