The Impossible Novel

Roland Barthes, The Preparation of the Novel, 2003

Will I really write a Novel? I’ll answer this and only this. I’ll proceed as if I were going to write one. …It’s therefore possible that the Novel will remain at the level of — or be exhausted by — its Preparation. Another title for this course … could be “The Impossible Novel.”

What Must the Stones Think of Us?

Steven Millhauser, “History of a Disturbance,” Dangerous Laughter, 2008

[…] Something uncapturable in the day had been harmed by speech.

[…] It was as if some space had opened up, a little rift, between words and whatever they were supposed to be doing. I stumbled in that space, I fell. […] The words I had always used had a new sheen of strangeness to them. […] [B]etween the thing and the word a question had appeared, a slight pause, a rupture.

[…] I wondered what it was I’d seen before the word tightened about it.

[…] Not to speak, not to form words, not to think, not to smear the world with sentences — it was like the release if a band of metal tightening around my skull.

[…] Always I had the sense that words concealed something, that if only I could abolish them I would discover what was actually there.

[…] I began to sense that there was another place, a place without words, and that if only I could concentrate my attention sufficiently, I might come to that place.

[…] How could I explain to you that words no longer meant what they once had meant, that they no longer meant anything at all? How could I say to you that words interfered with the world? […] I tried to remember what it was like to be a very young child, before the time of words. And yet, weren’t words always there, filling the air around me?

[…] My vow of silence sought to renew the world, to make it appear before me in all its fullness. […] Words harmed the world. They took something away from it and put themselves in its place. […] I began to wonder whether anything I had ever said was what I had wanted to say. I began to wonder whether anything I had ever written was what I had wanted to write, or whether what I had wanted to write was underneath, trying to push its way through.

Think of the terrible life of words, the unstoppable roar of sound that comes rushing out of people’s mouths and seems to have no object except the evasion of silence. The talking species! We’re nothing but an aberration, an error of Nature. What must the stones think of us? […] My own heaven would be an immense emptiness — a silence bright and hard as the blade of a sword.

Listen, Elena. Listen to me. I have something to say to you, which can’t be said.

As I train myself to cast off words, as I learn to erase word-thoughts, I begin to feel a new world rising up around me. […] We are shut off from the fullness of things. Words hide the world. […] I see a place where nothing is known, because nothing is shaped in advance by words.

[…] I had thought that words were instruments of precision. Now I know that they devour the world, leaving nothing in its place. […] Search out the space, the rift. […] [R]ip yourself free of the word-lie. […]

La influencia de la ansiedad

This article, translated by Iris Bernal, appeared in Función Lenguaje 2 (summer 2012)

La influencia de la ansiedad

“Llegamos demasiado tarde para decir algo que no se haya dicho ya” se lamentaba La Bruyère a finales del siglo XVII. El hecho de que el propio La Bruyère llegara tarde al afirmar esto (el Eclesiasta y Terencio ya se habían adelantado a él en los siglos III y II AC) venía a demostrar su aserto. Según la precuela de Macedonio Fernández, anterior al Génesis, siempre hemos llegado demasiado tarde. Este autor imagina lo que bien podría haber sucedido cuando Dios estaba a punto de crear el universo. De pronto, una voz clama en el desierto, interrumpiendo el eterno silencio del espacio infinito, la misma que aterra a Pascal: “Todo ha sido escrito, todo ha sido dicho, todo ha sido hecho”, se lamenta. El Todopoderoso, que ya ha escuchado esto con anterioridad, sigue adelante sin darle importancia, dando sentido a la famosa ocurrencia de André Gide: “Todo está ya dicho, pero como nadie escucha, hay que volverlo a decir” (Le Traité du Narcisse, 1891). En el principio fue el verbo, y el verbo es anterior al principio mismo.

En su obra más influyente, The Anxiety of Influence (1973), Harold Bloom argumentaba que los grandes poetas románticos malinterpretaron a sus ilustres predecesores “con el fin de liberar un espacio imaginativo para sí mismos”. La figura del padre literario se asesinaba, metafóricamente hablando, a través de un proceso de “transgresión poética”. T.S. Eliot ya había expresado una idea similar a propósito de la de Philip Massinger: “Los poetas inmaduros imitan; los poetas maduros roban; los malos poetas desfiguran lo que toman, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente” (1920). Borges, discípulo de Macedonio, al cual Bloom hace referencia, compartía la misma longitud de onda (aunque en el extremo opuesto del dial) cuando exclamaba que “cada escritor crea sus propios precursores” (1951).

Según Bloom, este sentimiento de inferioridad es, más que un fenómeno característico del Renacimiento, el motor principal de la historia de la literatura: “Llegar tarde no me parece en absoluto una condición histórica, sino una situación que pertenece al hecho literario como tal”. A lo largo de los siglos, la creación literaria ha sido siempre un diálogo de dos direcciones entre el pasado y el presente (el primero subsiste en el segundo; el segundo arroja luz sobre el primero). En sus Essais (1580), Montaigne ya se quejaba de la multiplicación de exégesis parasitarias: “Es más laborioso interpretar las interpretaciones que interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro tema: no hacemos más que parafrasearnos unos a otros”. George Steiner, otro crítico sincero de “el Leviatán de papel del discurso secundario”, sostiene que la forma más elevada de paráfrasis se halla en la propia literatura: “Cuando el poeta critica al poeta desde el interior del poema, la hermenéutica lee el texto viviente que Hermes, el mensajero, ha traído del reino de los muertos inmortales” (Real Presences, 1989). Esto implica que la creación literaria no trata sobre la expresión del yo, sino sobre la recepción y la transmisión. “El verdadero poeta es hablado por el lenguaje, el poeta es el médium elegido, por decirlo así, en virtud de su naturaleza osmótica, permeable, gracias a lo que Keats denomina su ‘capacidad negativa’. Antes de ser nuestro, el acto de recepción es el del artista-creador” (Grammars of Creation, 2001). Lo que llama la atención es que Steiner, cuya concepción de la literatura deriva de sus creencias religiosas, debería estar totalmente de acuerdo, en este punto, con Tom McCarthy, que viene, por decirlo de alguna manera, del otro lado de las barricadas. Para el autor de C (2010) -una novela que versa sobre la ficción como recepción y transmisión-, “el escritor es un receptor y el contenido ya está ahí. La tarea del escritor es filtrarlo, ejemplificarlo y remezclarlo; no de forma aleatoria sino de forma consciente y atenta”. Dándole la vuelta a la cronología, él considera Finnegans Wake como el código fuente de la ficción anglófona: un nuevo comienzo, más que un hiato o un punto y aparte. Por supuesto, McCarthy es un gran admirador de Maurice Blanchot, quien afirma en La Part du Feu que “la literatura, al igual que el discurso cotidiano, comienza con el final”; con lo que quiere decir la muerte (como posibilidad o imposibilidad). Si la literatura comienza con el final, concluye con el principio ya que la creación literaria, bajo su punto de vista, es una búsqueda maldita de su fuente de inspiración. Así como Orfeo no puede evitar mirar atrás para ver a Eurídice en la oscuridad del Hades (y de esta forma perderla para siempre) el escritor sacrifica su obra para permanecer fiel a su origen dionisíaco y oscuro. A la pregunta “¿dónde va la literatura?”, Blanchot nos da la siguiente respuesta: “La literatura va hacia ella misma, hacia su esencia, la cual es su desaparición” (Le Livre à Venir, 1959). El “contenido” está “ahí fuera” -siempre ahí- toda la literatura es “paráfrasis”: “¿Quién estaría interesado en un discurso nuevo y no transmitido? Lo importante no es contar, sino volverlo a contar, y en esta repetición, contarlo de nuevo como si fuera la primera vez” (L’Entretien Infini, 1969). Los escritores modernos deben “comenzar de cero en cada ocasión” mientras que sus ancestros simplemente tenían que “rellenar una forma dada” (Gabriel Josipovici, What Ever Happened to Modernism?). La imposibilidad de empezar de cero (la ausencia de una “primera vez” definitiva) significa que la literatura fracasa al comenzar una y otra vez, como si se tratara de una compulsiva repetición inducida de forma traumática. En otras palabras, no cesa de acabar. La novela, dice Tom McCarthy, ha estado “viviendo su propia muerte” desde Don Quijote; la “experiencia del fracaso” es parte integral de su ADN. Si no estuviera muriendo, no estaría viva.

Escribiendo para el New York Review of Books en 1965, Frank Kermode afirmó que “el destino específico de la novela, considerada como un género, es el de estar siempre muriendo”. Y proseguía afirmando que la muerte de la novela era “el material sin el que la literatura moderna es inimaginable”. Esta cuestión de la muerte de la literatura es de hecho tan antigua como la propia literatura. Se puede rastrear hasta Juvenal y Tácito, pasando por David Shields, Samuel Richardson, y llegando a los escribas del fin-de-siècle. Para Richard B. Schwartz, el asunto empezó a torcerse en el Renacimiento tardío: “la Literatura en mayúsculas realmente murió con la aristocracia que la consumía” (After the Death of Literature, 1997). Según Steiner, el declive comenzó con la crisis lingüística que acompañó al auge de la novela. Después del siglo XVII (después de Milton), “la esfera del lenguaje” dejó de abarcar la mayor parte de la “experiencia y la realidad” (“The Retreat from the Word”, 1961). Las matemáticas se volvieron cada vez más difíciles de traducir al lenguaje; la pintura post-impresionista escapaba de toda verbalización; la lingüística y la filosofía destacaban el hecho de que las palabras se refieren a otras palabras… La proposición final del Tractatus (1921) de Wittgenstein atestigua esta intrusión de lo innombrable: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Tan solo cuatro años antes, Kafka había conjeturado que quizá hubiera sido plausible escapar al canto de las Sirenas, pero no a su silencio.

Harold Bloom tiene razón: llegar tarde no es simplemente una “condición histórica”. Después de todo, ya era uno de los temas principales del Quijote. Así como señala Gabriel Josipovici, “este sentimiento de haber llegado, de algún modo, demasiado tarde, de haber perdido para siempre algo que alguna vez fue una posesión común, es una preocupación clave, la preocupación fundamental del Romanticismo” (What Ever Happened to Modernism?, 2010). En contra del ambiente de deterioro de la confianza en los poderes del lenguaje -igual que el “desencanto del mundo” de Schiller se estaba volviendo más aparente, y la legitimidad del escritor, en un “tiempo destituido” (Hölderlin) de Dioses ausentes y Sirenas mudas, parecía cada vez más arbitraria- la literatura llegó a ser considerada como un “absoluto” (Phillipe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, L’Absolu Littéraire : Théorie de la littérature du romantisme allemand, 1968). Walter Benjamin describió de forma célebre el “lugar de nacimiento de la novela” como “el individuo en soledad”, un individuo aislado de la tradición que no puede reclamar ser el portavoz de la religión o la sociedad. Tan pronto como este “individuo en soledad” se elevaba al estatus de un alter deus, la tardanza esencial a toda la creatividad humana resultaba obvia. “Ninguna forma artística”, dice Steiner en Grammars of Creation (2001), “nace de la nada. Siempre viene después” y el “creador humano se enfurece ante [este] venir después, al ser, para siempre, segundo con respecto al misterio original y originador de la formación de la forma” (Real Presences, 1990). William Marx ha analizado con gran maestría cómo en Francia las desmedidas reivindicaciones para la literatura condujeron a esta decadencia prolongada. Esta evolución, de lo sublime a lo ridículo, tuvo lugar en tres etapas. A finales del siglo XVIII, la literatura se transformó en un sucedáneo de la religión. En una segunda etapa, marcada por la arrogancia, los escritores intentaron aislarse del resto de la sociedad (el arte por el arte) desencadenando de este modo un proceso de marginalización. En una última fase, la devaluación de la literatura (a los ojos del público en general) fue interiorizada por los propios escritores e incorporada a sus obras (L’Adieu à la Littérature. Histoire d’une dévalorisation XVIIIe-XXe siècles, 2005).

En sus Vorlesungen über die Ästhetik (compiladas en 1835), Hegel declaró, de manera brillante, que el arte se había transformado en “algo del pasado”. No quería decir con esto, como a menudo se ha creído, que el arte y la literatura estuviesen muertos, o incluso en decadencia, sino que no podían seguir transmitiendo de forma adecuada las más elevadas aspiraciones espirituales de la humanidad. En otras palabras, no podían seguir siendo el instrumento para expresar lo Absoluto. Influido por Hegel, Blanchot se pregunta: “¿Está el arte alcanzando su final? ¿Está pereciendo la poesía por haberse visto reflejada en sí misma, igual que aquel que muere después de contemplar a Dios?” (Le Livre à Venir). Si, como él propone en otro sitio, “la literatura surge en el momento en el que la literatura se convierte en una pregunta”, entonces la respuesta es no (La Part du Feu, 1949). Sin embargo, al transformarse en una pregunta, la literatura se transforma a su vez en su propia respuesta, por lo que ya no es capaz de sincronizarse consigo misma. Uno podría alegar que la literatura es entonces la distancia que la separa de sí misma. “Aquellos viejos tiempos”, anteriores al Génesis según Witold Gombrowicz, “cuando Rabelais escribía cómo un niño hacía pis contra el tronco de un árbol” habían acabado. “Retroceder al universo de los géneros literarios no es una opción”, ratifica Gabriel Josipovici, “como tampoco lo es un retorno al mundo del ancien régime” (What Ever Happened to Modernism?). Esta crisis de identidad se agravaba por una conciencia cada vez mayor de las limitaciones de la creación literaria. La literatura ya no sabía exactamente lo que era, pero sí sabía lo que no era, lo que ya no era capaz de hacer. “Ser moderno”, como declaró Roland Barthes, “es conocer lo que ya no es posible”. Es también anhelar esa imposibilidad, en la forma en la que Borges lo hacía en “el otro tigre, el que no está en el verso”. Tom McCarthy afirma que una novela es “algo que contiene su propia negación”, que clama contra sus propias limitaciones. Según este autor, la literatura es “un medio que sólo marcha cuando no funciona”: es “un fallo en el sistema, igual que un fallo en el ordenador”. “Fracasa otra vez. Fracasa mejor”, como decía Beckett en Worstward Ho (1983). Para Blanchot, es precisamente esta imposibilidad esencial de la literatura (su incapacidad para convertirse en una instancia del Absoluto hegeliano) lo que la preserva como posibilidad. La obra está siempre por venir.

La potencialidad, el angustioso vértigo de la libertad, es fundamental para la modernidad literaria. Pierre Menard responde a la arbitrariedad de la ficción (puesta de relieve por la libertad creativa) reescribiendo palabra por palabra Don Quijote y, de este modo, convierte la contingencia en necesidad (“Pierre Menard, autor de El Quijote”, 1939). Otra respuesta a esta cuestión es la de Henry James, que permite al lector sentir “la narración como podría haber sido” tras “la obra construida y limitada a la que él da vida” (Le Livre à Venir). Una creciente reticencia a dar vida a cualquier obra, por muy limitada que sea, se hizo sentir desde el siglo XVIII en adelante. En Sygdommen til Døden (1849), Kierkegaard observó cómo “se hace cada vez más plausible porque nada se vuelve real”. Llevando esta lógica hasta el extremo, Rousseau afirma que “No hay nada más bello que lo que no existe”, mientras que Keats resaltaba la belleza innombrable de las melodías “no escuchadas” (“Ode on a Grecian Urn”, 1819). Una figura emblemática, como señala Dominique Rabaté (Vers une Littérature de l’épuisement, 1991) es el “demonio de la posibilidad” lui-même: Monsieur Teste de Valéry, que se niega a reducir el campo de posibilidades convirtiendo cualquiera de ellas en realidad. Es un claro precursor del Ulrich de Musil -el epónimo Der Mann ohne Eigenschaften (1930-42)- al cual Blanchot describe como alguien que “no dice que no a la vida sino que aún no, quien finalmente actúa como si el mundo no pudiera nunca empezar excepto al día siguiente”. Otra figura representativa es Lord Chandos, de Hofmannstahl, el cual, habiendo renunciado a la literatura porque el lenguaje no puede “penetrar en el núcleo más íntimo de las cosas”, llegó a personificar un motín mudo instigado (en la vida real) por Rimbaud (Ein Brief “Lord Chandos”, 1902). Estos escritores cada vez más reticentes, los cuales, como el Bartleby de Melville, “preferirían no hacerlo” (“Bartleby, the Scrivener”, 1853), son los que Jean-Yves Jouannais denominó “artistas sin obra” (Artistes sans oeuvres, 1997); los partidarios de lo que Enrique Vila-Matas denomina la “literatura del no” (Bartleby y compañia, 2000).

La literatura ha ido muriendo inexorablemente a lo largo del siglo XX. En 1925, José Ortega y Gasset escribió sobre el “declive” de la novela. En 1930, Walter Benjamin afirmaba que estaba en “crisis”. Theodor W. Adorno creía que no podía haber poesía después de Auschwitz. En 1959, Brion Gysin (el de los “cut-ups”) se quejaba de que la ficción llevaba un retraso de cincuenta años con respecto a la pintura. A principios de los ‘60, Alain Robbe-Grillet criticó la momificación de la novela en su encarnación del siglo XIX. En 1967, John Barth publicó “The Literature of Exhaustion”, texto en el que hablaba de “la extenuación de determinadas formas o el agotamiento de determinadas posibilidades”. Ese mismo año, Gore Vidal diagnosticó que la novela estaba exhalando su último aliento. “Debemos continuar durante mucho tiempo hablando de obras y escribiéndolas, haciendo como que no nos damos cuenta de que la iglesia está vacía y que los feligreses se han ido a otra parte, a ocuparse de otros dioses”. En 1969, Ronald Sukenick publicó una colección de relatos breves titulada The Death of the Novel. A comienzos de los ‘70, el Nuevo Periodismo de Tom Wolfe fue considerado por algunos como el futuro de la escritura creativa. La muerte de la literatura y el mundo tal y como lo conocemos hoy en día, se convirtió en un tema de actualidad entre los académicos estadounidenses a principios de los ‘90 (ver, por ejemplo, la obra de Alvin Kernan titulada con gran acierto The Death of Literature, 1992). Habitualmente, argumentaban que los Departamentos de Inglés habían sido secuestrados por los estudios culturales, la Filosofía Continental y la corrección política enloquecida (a la que Bloom ha denominado “Escuela del Resentimiento”).

Desde entonces, han ocurrido dos cosas. La novela -que fue creada con el propósito de fusionar la poesía y la filosofía (según los primeros Románticos alemanes), de contener los demás géneros e incluso, el universo entero (siguiendo la concepción de Mallarmé acerca de El Libro o el sueño de Borges de una “Biblioteca Total”)- ha sido relegada a la “ficción”, un género que aborda la creación literaria como si el siglo XX nunca hubiera existido. Al mismo tiempo, la era digital ha llevado el exceso de información (del cual ya se quejaba en su momento el Eclesiasta) a un nivel completamente nuevo. Como consecuencia de esto, David Shields cree que la novela ya no está capacitada para reflejar la compleja vitalidad de la vida moderna: él prescribe nuevas formas híbridas de escritura (Reality Hunger, 2010). El poeta estadounidense (y fundador de UbuWeb) Kenneth Goldsmith nos pide encarecidamente que dejemos de escribir del todo para centrarnos en recombinar los textos que hemos ido acumulando a lo largo de los siglos (Uncreative Writing, 2011). Trasladando el retrato que James Joyce hizo de sí mismo como “el hombre del corta y pega” a la era digital, Mark Amerika afirma que hoy en día todos somos “remezcladores”. Sin embargo, ¿qué ocurriría si, tal como se preguntaba Lewis Carroll, las combinaciones de palabras fueran limitadas y ya las hubiéramos utilizado todas?

Según Steiner, somos “agonistas”, “vamos rezagados”: “No tenemos más comienzos” (Grammars of Creation). Para nosotros, el lenguaje “está desgastado por el uso” y el “sentido de revelación, de profuso conocimiento” exhibido por los escritores del periodo Tudor, Isabelino y Jacobeo “nunca ha vuelto a ser plenamente recuperado”. En vísperas de los innombrables horrores de la Segunda Guerra Mundial, Adorno ya sentía que “los cadáveres de las palabras, palabras fantasmales” era todo lo que habíamos dejado. El lenguaje se había corrompido, irremediablemente arruinado por “el uso de la tribu” (Mallarmé). ¿Es que acaso ya no podemos seguir el mandato de Ezra Pound de “hacerlo nuevo”?

“Incluso la propia originalidad ya no es capaz de sorprendernos”, escribe Lars Iyer en un destacable ensayo publicado recientemente por The White Review. Según este novelista y catedrático de filosofía, vivimos en “una era de palabras sin precedente” pero en la cual los Novelistas Importantes han dado paso a “una legión de escribas”. La literatura tan sólo sobrevive como ficción literaria kitsch: una “parodia de estilos pasados”; “una pantomima de sí misma”. Este es un terreno que Andrew Marr ha revisitado a comienzos del siglo XXI. La novela, hoy en día, “no reivindica ampliar los límites del modo en que entendemos el mundo” y se encuentra anclada a finales del siglo XIX: “Los cientos de buenos artesanos de la novela, que aprendieron de forma laboriosa y detallada las lecciones acerca de la construcción de la trama y los personajes, dónde ser recargados y cuándo lacónicos, se han convertido en réplicas modernas de máquinas pensantes llevadas a su máximo nivel de desarrollo hace un siglo. Es como si el motor de combustión interna hubiera sido perfeccionado en 1870 y todos los coches de hoy en día fueran simples modelos victorianos con un estilo actualizado”. La conclusión a la que llegó Marr fue que la novela –tal como ocurrió anteriormente con “la sinfonía, el ballet, el arte figurativo o la cerámica esmaltada”– podría haber perdido ya su esplendor: “… las grandes obras, el tiempo de los descubrimientos, está muerto y no puede ser reabierto” (“Death of the Novel”, The Observer 27 de Mayo de 2001). En “The Literature of Exhaustion”, John Barth ya había pronosticado cómo “las ultimidades sentidas de nues- tro tiempo” (por ejemplo, el mismísimo final de la novela como “forma artística mayor”, tal como mencionaba Marr) podrían convertirse en alimento para obras futuras. En este sentido, Iyer da en el clavo. En su opinión, no estamos escribiendo las páginas finales de la literatura (su conclusión) sino más bien su “epílogo”: la nuestra es “una literatura después de la literatura”. Mientras que los poetas Románticos de Bloom se sentían “subsidiarios” frente a sus ilustres predecesores, Iyer cree que hemos llegado demasiado tarde, y punto. La literatura hoy en día ya no es “la Cuestión en sí misma, sino la Cuestión que se ha desvanecido”. La tarea del escritor es “conjurar al fantasma” de una tradición que se ha dado por vencida. De este modo, las novelas de Tom McCarthy, Lee Rourke o el propio Iyer no son tanto la evidencia de un revival del nouveau roman, sino ejemplos de un nuevo tipo de ficción ontológica que explora las posibilidades perdidas del Modernismo.

Según Kathleen Fitzpatrick, la muerte de la novela ha sido utilizada por los novelistas como un ardid para garantizar su supervivencia (The Anxiety of Obsolescence: The American Novel in the Age of Television, 2006). Nos queda comprobar si, como afirma Iyer, nos hemos adentrado en una era post-literaria, o si por el contrario, la crónica acerca de la muerte de la literatura ha sido magnificada una vez más.

Una versión reducida de este artículo fue publicada en el periódico británico The Guardian, el 10 de enero de 2012, con el título “In Theory: the Death of Literature”.










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A Lungful of Absence

Litweeturefest is a literature festival on Twitter, curated by writer and lecturer Heidi James, in conjunction with Kingston University Writing School. It runs throughout July 2012, and features microfiction or poems of no more than 140 characters. Each entry is followed by a second tweet containing the author’s biography.

My little contribution was tweeted on 12 July. It is a fragment of “Celesteville’s Burning” that I edited to fit the format. I dedicate it to the Emilie I once knew.

A Lungful of Absence
He breathed in a lungful of her absence and just stood there. He just stood there, caught in her slipstream. Winded, he just stood there.

Andrew Gallix writes fiction, edits 3:AM Magazine and teaches at the Sorbonne. He divides his time between Scylla and Charybdis.

Italian Blackout

Serena Danna, “Black out spaventa la rivista online: spariti nella Rete 12 anni di lavoro,” Corriere della Sera 11 July 2012: 29.

A larger version of this newspaper cutting can be found here.

A few selected extracts:
“[…] il sito letterario 3:AM, simbolo della controcultura londinese degli anni Zero […] il direttore della rivista Andrew Gallix, definisce il “bloco del blogger: la versione tecnologica e meno eroica dell’angoisse de la page blanche, la paralisi dello scrittore davanti alla pagina bianca”. […] La squadra di Gallix — responsabile del primo blog letterario di Internet, “Buzzwords” […] La storia del magazine che ha lanciato la nuova generazione di talenti londinesi (da Tom McCarthy a Lee Rourke) e che omaggia nel nome il piacere del lavoro notturno di molti scrittori, è emblematica dei rischi legati alla produzione “immateriale” del web. […] “Per tre anni siamo stati ospiti in una casa di cui non conoscevamo il padrone”, ironizza Gallix, docente di letteratura inglese all’Università Sorbona di Parigi. Eccesso di superficialità? Il direttore si difende: “3:AM è un sito senza scopo di lucro e nessuno si intende di informatica: se avessimo avuto profitti dal nostro lavoro letterario, li avremmo usati per pagare un tecnico”. […] Quando Gallix ha visto il promo-video della collana non poteva imaginare che sarebbe successo a lui: “Dobbiamo lavorare per salvaguardare la letteratura che si produce online — avverte —. Le generazioni passate potevano fare affidamento su documenti, libri e lettere degli autori: che fine farano le mail dei grandi scrittori di oggi?”. Il rischio è “che la biblioteca di Babele che è il web si transformi nella biblioteca di Alessandria”, chiosa Gallix, citando il più importante centro di libri del mondo antico andato distrutto […]”

Digital Vanishing Act

Edward Champion, “3:AM Magazine — How Twelve Years of Literary Content Disappeared in an Instant,” Reluctant Habits 6 July 2012

3:AM Magazine, the first literary magazine to champion Tom McCarthy’s work and a pioneering avant vanguard that had published the early work of Tao Lin, Tony O’Neill, and Ben Myers, had vanished in an instant, with the hosting company seemingly disappearing along with it. While a substantial chunk of the magazine’s content was still available through the Internet Archive’s Wayback Machine, there was no backup. And according to editor-in-chief Andrew Gallix, the site was held together by little more than “a doctored WordPress system”.

“It never occurred to me that our server could just be switched off without a word of warning and that the owner would do a runner!” wrote Gallix to me by email. Gallix’s efforts earlier in the week to reach the host were unsuccessful. Emails bounced. The phone had been disconnected. Gallix hadn’t received so much as a notice that his valiant magazine was disconnected and no longer in service.

While Gallix had used another host for a site dedicated to McCarthy’s work, he never switched 3:AM over during the twelve years he ran the site. He had a full-time day job. He wanted to read and he wanted to write. If the server crapped out, it would find a way to resurface after a time. “I kept postponing the move in the hope that things would improve,” said Gallix.

There was no reason for Gallix to worry. Because he had experienced very few problems. “The site was down on some occasions,” said Gallix, “sometimes just for a couple of hours; at worst for a whole day: there didn’t seem to be any real cause for concern”.

* * *

3:AM began, as many literary magazines begin, with a short story. Gallix started corresponding with an American named Kent Wilson, and a website was born. 3:AM Magazine, initially a static site comprised of a handful of stories, was founded in 1999. But Wilson had an unanticipated spiritual awakening. And 3:AM, which abided by the motto “Whatever it is, we’re against it,” didn’t fit into these mysterious ways. Wilson asked Gallix to take over 3:AM in April 2000.

“We were the first to really make use of the global dimension of the web,” said Gallix. “All the editors and contributors met online, and it was only after that some of us became friends in real life”.

This commitment to friendship and passion sustained a literary magazine with a distinct and inimical tone. “While in the middle of a feverish pawing at the back-clip of her bra,” begins one typically edgy and entertaining story around this time, “I did not think much of her whispering in my ear that she could not stay for the night because she had to go home feed Satan”.

But as long as the website continued to work, Gallix didn’t rue over the technical logistics. Wilson had given Gallix the name of a host: RMIhost.com, which was run by Reece Marketing Inc. Reece Marketing Inc. was a one man operation run by Brandon Reece. And when I tracked Reece down by telephone on Friday afternoon, he told me that he was stunned that someone was still using it.

“We haven’t done hosting for four or five years,” said Reece, who sounded somewhat surprised at the news that 3:AM had vanished. “I haven’t hosted anybody’s site since 2008.”

Gallix informed me later in the afternoon that he had paid an annual hosting fee, but it was unclear whether someone had taken over from Reece. He received an email every year asking to pay for the next year. So what was RMIhost.com?

“That’s all still up there,” replied Reece. “It’s not doing any business.”

Reece claimed to not know anything about 3:AM Magazine. He said his company had once specialized in website design and had operated out of Dallas. “It was never a successful side company,” said Reece.

Reece recalled a guy named Kent when I asked him. He identified a “born again Christian,” and confirmed that this was Kent Wilson when I provided the surname. But Reece didn’t appear to know what Wilson had given him. Was it possible that he wasn’t even paying attention to RMIHost?

“I don’t ever remember hosting 3:AM Magazine,” said Reece. “I think I would know.”

Reece referred to “a server admin in Bucharest” — a gentleman named Florin — who he promised to email tonight. When I asked Reece if RMIhost had leased any particular server, he seemed baffled.

“DNS,” said Reece. “I haven’t done anything like this in a while.”

Reece was busy “looking for something new right now”. He intimated that he was in a transition period and that the hosting company had been more of an unprofitable sideline. These days, he was living on savings.

“I don’t trust my personal expertise,” said Reece when I asked him about his technical chops. “I don’t even know how to do that myself. You forget everything you do.” But he did promise to get on the case by Monday. He also allowed me to pass along his contact information to Gallix.

As for Gallix, he informed me that he had tech people retrieving what they could off the Internet Archive. But even if 3:AM manages to extract the content, he’s unsure about what “more reliable and reputable host” he’ll offload his content onto. The experience revealed to Gallix “the fragility of online content”.

It remains unclear whether Reece was playing dumb or acting in good faith. But he was willing to pass along his contact info to Gallix, even after I informed him of the significant online outcry that had followed 3:AM‘s server outage. And these efforts do represent a step in the right direction to preserve 3:AM‘s vast archive.

No matter how the 3:AM predicament works out — and there are positive signs that it will — preserving online work may very well be as dangerous as other historical precedents. Or as Tom McCarthy, reached on holiday, declared to me upon learning the news, “My first reaction is: ALEXANDRIA!”

[7/6/2012 6:45 PM UPDATE: As of 6:45 PM EST, 3:AM Magzine has been restored. Many thanks to all who helped out with this story and to Mr. Reece for following through with his promise.]

Delete

Nick Clark, “Web Hits Delete on Magazine’s 12-Year Archive,” The Independent 6 July 2012

When avant-garde literary website 3:AM Magazine went down a week ago, staff hoped it would be up and running within the day.

But they now fear that 12 years of archived material — every article they have published — may be lost for ever after it emerged those responsible for the site’s servers have vanished.

Andrew Gallix, editor-in-chief, told The Independent that the events of the past week have been “traumatic” and highlighted the “the fragility of online content”.

He added: “I never expected those who were meant to host and back up our content to just switch us off without even telling us.”

Messages of support flooded in from Facebook and Twitter for one of the original book blogs. One reader wrote: “Twelve years of writing, vanished. Here’s hoping it’s able to continue somehow.”

Mr Gallix has run the site since 2000, with the literary webzine attracting acclaimed writers including Lee Rourke, Tony O’Neill and Booker Prize nominee Tom McCarthy.

[…] As for 3:AM, Mr Gallix is trying to track down the person responsible for the servers. After a few false leads, as well as a disconnected phone and emails bouncing back, he believes he has tracked him down.

“At this stage, we do not know if we’ll ever be able to speak to him and if he can switch his server back on long enough to allow us to move 12 years’ worth of content to another, more reliable host,” Mr Gallix said. “I should have backed it up somewhere else, but it never occurred to me.”